Opinión |19 Jun 2010 - 8:48 pm

Santiago Gamboa

Ganaremos de cualquier modo

Por: Santiago Gamboa

¡CUÁNTO NOS HA REVELADO SOBRE el alma humana esta campaña presidencial!

Muchos de los que hace poco insultaban al candidato gobiernista hoy adhieren a él sin preocuparse del más elemental sentido del ridículo y mucho menos de eso que antes era tan importante, lo de guardar las apariencias; esa leve hipocresía que podía ser vista como buena educación y que incluso se agradecía, ya hoy a nadie le importa. Imagino el celular del candidato que parte como ganador sonando sin parar y los correos electrónicos, todos con declaraciones de amor de políticos profesionales que, por lo visto, son lo que los colombianos requieren —y al parecer desean— para avanzar hacia el futuro, un largo sirirí de lagartos y manzanillos que ya están adheridos como lapas y quieren amarrar su poltrona, o de quienes no la tienen y desean quitársela a los primeros. Debe ser duro oír a tanto padre de la patria ocultando sus intereses o su bellaquería con honorables palabras.

Porque al fin y al cabo de eso se trata en la política tradicional: de ocultar, de sustituir la realidad por la apariencia. Si llenamos una plaza pública con campesinos pagados con aguardiente, sordomudos o locos agitando banderas, todo habrá estado muy bien, pues al fin y al cabo lo que importa es parecer. Lo de ser es lo de menos. Esto se ve en esos increíbles debates televisados —formas del teatro popular, con todo y cuñas publicitarias— en los que se privilegia la rapidez y la astucia, y donde se confunde el genio con la figura, olvidando que las cárceles están llenas de rápidos y astutos. Gentes que parecen ser, pero que no son. Lo mismo pasará este domingo. El candidato oficial obtendrá una suma alta de votos. No hay duda de que una buena cantidad de colombianos creen en su propuesta y piensan que es la mejor, lo que es muy respetable, pero habría que ser ciego e incluso idiota para negar que al lado de esos votos limpios habrá un porcentaje enorme de sufragios menos fulgurantes, proveniente de las cloacas de nuestra democracia: de la ilegal participación del Gobierno a favor de su candidato; del milloncito corto del PIN, que nadie lo pidió en público pero que ahí estará; de la campaña de desprestigio, rumores y guerra sucia contra el profesor Mockus —sólo en Colombia puede hacerse una cosa así con tal desfachatez—; del pequeño fraude, que si bien no fue muy relevante sí existió, y los delitos, por pequeños que sean, siguen siendo delitos.

Si el candidato oficial gana, como dicen las encuestas, nunca sabremos si lo hizo con sus votos limpios. No sabremos si será una victoria o si solamente lo parecerá. Pero a ellos, ¿les importa? De cualquier modo yo no estaré allí. Mi voto y mi gran orgullo estarán con los profesores Mockus y Fajardo, y aún si perdemos en realidad habremos ganado, pues nuestros votos no sólo son todos limpios, sino también rozagantes y sinceros. Son los votos de una nueva sociedad que encontró un camino y nuevas palabras para transitar por él. Y esas palabras y ese camino, una vez encontrados, no se podrán borrar jamás, pues como dice un proverbio judío: “Cuando uno sabe qué es lo correcto, lo difícil es no hacerlo”.

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