Una exclusión que cede

La hegemonía heterosexual fue primero desafiada por la homosexualidad masculina.

Los disturbios de Nueva York en 1969 marcaron el inicio de una ya retrasada lucha por la igualdad. Una lucha que dejó claro que las cosas sí podían cambiar. Las mujeres homosexuales siguieron pronto el mismo camino. Aunque su exclusión ha sido siempre doble: primero por mujeres y después por su orientación, sus logros han sido valientes. Hoy ambos géneros gozan en varios países de igualdad de derechos y en muchos otros los procesos se mueven en la misma dirección. Ser homosexual, al menos en Occidente, ya no es un crimen. El liberalismo y su radical respeto por la individualidad han enfrentado a la ya conocida tiranía de la mayoría.

La tiranía de la opinión —la más dura de las exclusiones— también ha estado cediendo. La sociedad reconoce cada vez más la homosexualidad como parte normal de su realidad. Esto en buena medida, hay que decirlo, gracias a las economías de mercado. No sólo porque éstas son de suyo indiferentes a la individualidad de su fuerza de trabajo, sino porque tardaron poco en encontrar un valioso nicho de demanda. Entre comerciales, vitrinas y banderas, el sector privado ha financiado involuntariamente proyectos de visibilidad más efectivos que los de cualquier gobierno o grupo de presión. Al relevo generacional, por supuesto, también hay que agradecerle. Las nuevas generaciones, como siempre, han permitido desafiar los modos acostumbrados de ver las cosas y le han abierto la puerta a la sexualidad y al abandono del tabú. Y, bueno, el discurso político, como la gotera sobre la piedra, ha ido calando.

Tristemente, no todo es color de rosa. La represión es todavía cruel. Los padres aceptan la diversidad sexual de los hijos ajenos, pero no la de los propios, las iglesias mantienen en temas de tolerancia su habitual atraso y el naturalismo popular sigue siendo un argumento. Además, los transexuales, transgénero y travestis están lejos de contar con el trato que reciben homosexuales y bisexuales. Este grupo es el primero en caer en las redadas de limpieza social, el primero en ser señalado como enfermo y el que más duro sufre el rechazo de la opinión, incluso en el interior de la comunidad LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Travestis). Ésta, como todas las comunidades, genera discursos de identidad que se quedan cortos en albergar la diferencia.

Colombia ha dado pasos importantes para superar el rechazo. A pesar de ser un país en el que todavía se habla de “guardarse el gustico” y se considera sucio el sexo, su Corte Constitucional tiene claro que los derechos de los individuos priman sobre los caprichos de la tradición. A ella y a unos esfuerzos dispersos del Congreso se deben los mayores avances. La Rama Ejecutiva ha puesto también su grano de arena. La administración de Lucho Garzón, por ejemplo, fue una de las más sensibles al tema y que más le ha comprometido presupuesto. No obstante, estos esfuerzos siguen siendo tímidos e interrumpidos. Su sucesor, Samuel Moreno, a pesar de prometérselo a sus votantes, se desentendió de la causa y le retiró los recursos.

La semana que acaba de pasar Colombia se unió a la manifestación internacional de orgullo LGBT. La marcha del 28 de junio hasta la Plaza de Bolívar en Bogotá y los eventos de organizaciones, universidades, localidades y bares durante toda esta semana han hecho memoria pública del reconocimiento que sigue pendiente. Miles de personas continúan a la espera de que aquellos con mirada estrecha les permitan vivir de acuerdo con lo que son. Es lamentable que haya quienes estén dispuestos a rechazar, violentar y transgredir a otros seres humanos con tal de afianzarse en la injustificada superioridad moral de su buena conciencia. Afortunadamente, esta es una batalla cuya victoria está cantada de antemano.