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La intención es válida: terminar, de la mejor forma posible, un oprobioso capítulo que heredó de la anterior administración. Baste recordar cómo George W. Bush urdió una sarta de mentiras y engaños para derrocar al régimen dictatorial de Saddam Hussein, luego de los atentados del 11 de septiembre. El rechazo mundial a una guerra que violentó todos los principios de la civilidad, y menospreció las normas del derecho internacional, fue casi unánime, con algunas vergonzosas excepciones, entre las cuales se cuenta la de Colombia. Los hechos demostraron que los intereses estratégico-petroleros de los “halcones” en Washington fueron el motivo real para desencadenar una sangrienta invasión que abrió una incierta caja de Pandora, que no se va a cerrar con el retiro de las tropas norteamericanas.
La caída de Hussein, quien gobernó con la minoría suní, a la cual pertenecía, abrió paso para que la mayoría chii así como la minoría kurda, antes excluidas, ingresaran al juego político en igualdad de condiciones. Lo anterior terminó por agudizar el conflicto religioso entre las dos principales facciones. Los atentados indiscriminados contra civiles, o los claramente planificados contra fuerzas de invasión, han ensangrentado Irak de forma alarmante. Las cifras así lo demuestran: cerca de 150 mil civiles muertos, aunque la cifra puede ser mayor, eso sin contar los heridos. Más de 4.000 soldados norteamericanos muertos y aproximadamente 30.000 heridos. Se han gastado cerca de US$750.000 millones en el esfuerzo bélico y la reconstrucción del país.
Dentro de los “logros” se ha mencionado la reconstrucción desde sus escombros. En especial, en el campo de la institucionalidad, en 2004 se llevaron a cabo las primeras elecciones libres en más de 50 años, lo que permitió al electorado escoger un gobierno de transición encabezado por el suní Iyad Alaui. Bajo su mandato se redactó una nueva Constitución, que fue aprobada en 2005, y en 2006 se llevaron a cabo elecciones generales, cuyo ganador, aunque sin mayoría, fue el chii Nuri Al Maliki.
Pero la situación no terminó por aplacarse. Los atentados y enfrentamientos continuaron, si bien no con la misma intensidad de los primeros momentos. Este año, en marzo, se llevaron a cabo nuevas elecciones para escoger primer ministro y el resultado fue tan cerrado que no ha permitido aún la formación de gobierno, lo cual ha dejado al país ad portas de una grave crisis. Alaui obtuvo tan sólo dos escaños más que Al Maliki y ninguno de los dos acepta que el otro forme gobierno. El tema es tan explosivo, que Alaui advirtió con claridad que si sus oponentes buscan hacer un gobierno de coalición con la minoría kurda, puede desatarse una situación de violencia de imprevisibles consecuencias. Justo en este caldeado panorama es que llega la noticia de Obama para el retiro de las tropas.
En estos 18 meses se dará la retirada de las tropas y el desmonte de toda la infraestructura militar y civil de Estados Unidos, que cierra así una puerta que nunca debió abrirse, y deja la responsabilidad de poner la casa en orden a unos inquilinos que no se entienden para nada. El esfuerzo de Obama se centra ahora en Afganistán, país del que anunció el retiro para mediados del año entrante y el cual comienza a percibirse, para algunos analistas, como un nuevo Vietnam. Es de esperar que cuando las armas callen, hable la diplomacia, que desde el comienzo debió, y debe ser, el camino cierto y civilizado de resolución de los conflictos.