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PARA QUIENES SIGUIERON A TRAVÉS de la televisión las impactantes imágenes del rescate de los 33 mineros atrapados bajo tierra por más de dos meses, fue imposible no contagiarse de la emoción que embargaba al presidente chileno, Sebastián Piñera, cuando —junto a Luis Urzúa, el último trabajador en salir a la superficie— gritó a voz en cuello “Viva Chile, mierda”, y luego entonó el himno nacional. Era el cierre de una operación impecable que se llevó a cabo con una precisión de relojero suizo y que le ha ganado al país austral el reconocimiento de la comunidad internacional.
El hecho, en sí, puede ser interpretado desde diversas perspectivas, todas ellas convergentes. Por un lado, como lo dijo acertadamente algún comentarista, hay una connotación poética que permitió ver cómo la Pacha Mama, la ‘Madre Tierra’ en aymara y quechua, parió desde sus entrañas a 33 personas que así volvían a la vida luego de que durante los 17 primeros días se le diera por muertos. Y en Chile, volver a la vida luego de un desastre natural es algo que se festeja de manera muy especial. No en balde su territorio ha sufrido dos de los cinco terremotos más devastadores que han asolado el planeta, uno de los cuales ocurrió unos meses atrás. Luego tuvo que afrontar los efectos de un tsunami que anegó una parte de sus costas en el Pacífico. En ese sentido se ha experimentado una doble visión de la tierra, que así como puede ocasionar daño y muerte, también permite que retorne la vida para este grupo de mineros y sus familias.
De otro lado, está la visión de un país moderno, con altos niveles de desarrollo y tecnología de primera mano, que asumió desde el primer momento la difícil tarea de ubicar sobrevivientes para luego, una vez encontrados a más de seiscientos metros bajo tierra, comprometerse con la titánica misión de traerlos vivos y en buenas condiciones de salud, tanto física como psicológica. Y lo lograron, como pudo testimoniarse en todo el mundo, en un hecho sin precedentes. La seriedad con que fue asumida la tarea, la sobriedad con que se manejó cada etapa del rescate y la forma ordenada en que se fue cumpliendo un protocolo diseñado y aplicado con ejemplar profesionalismo demuestra que este es un país destinado a crecerse cuando de enfrentar serios problemas se trata.
Sale, además, fortalecida la institucionalidad democrática. Tras la nefasta dictadura de Pinochet, los 20 años de gobiernos de la Concertación, en especial los de izquierda de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, y el actual de Sebastián Piñera, de derecha, demuestran hasta dónde la empresa llamada Chile puede tener tintes ideológicos diversos en su conducción, pero los propósitos nacionales son asumidos por todos por igual. El actual mandatario recalcó en sus intervenciones un mensaje permanente de unidad, similar al que en Colombia viene ambientando el presidente Santos, y que tanta falta nos hace. Buen ejemplo a seguir por otros gobiernos de la región, entre ellos el de nuestro vecino al oriente, sobre el respeto y la tolerancia que deben primar en los grandes propósitos nacionales.
Pero no todo es un jardín de rosas. Chile sigue, a pesar de su lucha contra la pobreza, enfrentando altos niveles de desigualdad que deben ser atendidos con prontitud. Si no lo hace, le será muy difícil conciliar la prosperidad económica y el desarrollo alcanzado con los indicadores poco favorables en dicha materia. Paralelo está el tema de la situación de los mineros, en general, y de las condiciones de seguridad en las minas, en particular. El peligro de un derrumbe había sido advertido reiteradamente por los trabajadores, pero los dueños hicieron oídos sordos a sus quejas. Dos señales de advertencia que también resuenan en Colombia frente a su esperada “locomotora” minera.
Como dijo Barack Obama, este “rescate es una inspiración para el mundo”. Es de esperar que el actual gobierno logre éxitos similares en materia de inclusión social para bien de todo Chile y así poder decir, una vez más, misión cumplida.