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Man Ray: una exposición relevante

LA OBRA DE MAN RAY NO DEJA DE resultar un misterio. Entre pinturas, fotografías, películas y objetos, todas muestras enigmáticas y provocadoras, el espectador queda abrumado y confundido.

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El Espectador
17 de octubre de 2010 - 11:00 p. m.
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LA OBRA DE MAN RAY NO DEJA DE resultar un misterio. Entre pinturas, fotografías, películas y objetos, todas muestras enigmáticas y provocadoras, el espectador queda abrumado y confundido. El golpe visual es fuerte e intrigante. Su arte hace círculos alrededor de la revolución dadaísta y de la iconografía surrealista, de la estética formal y del diseño comercial. Círculos que se expresan en una técnica tan móvil como sus ideas: “Yo pinto lo que no puedo fotografiar, algo de la imaginación o un sueño. Y uso la cámara para capturar las cosas que no quiero pintar”, afirmó en una entrevista revelando la libertad y espontaneidad de su pensamiento. Actitud que, sin embargo, contrasta con una época todo menos despreocupada. De hecho, por razón de la Primera Guerra, su viaje a Francia tuvo que ser pospuesto. Pese a ello, el hombre que participó en el movimiento modernista de Nueva York emigró a París, y no sólo se hizo fama donde la mayoría fracasan, sino que se hizo a sí mismo francés; tan francés como Duchamp y Breton, amigos y contemporáneos.

La obra de Man Ray les mantuvo el paso a ellos y a otras de las figuras de la generación dorada como Dalí, Buñuel y Picasso, creando cada vez piezas más disímiles y provocadoras. Sin embargo, a pesar de la rápida movilidad de sus ideas y de la fragmentación de su estilo, puede reconocerse sin dificultad su firma. Esa misma que se experimenta en las 127 obras que el Museo de Arte del Banco de la República presenta desde el 15 de octubre como parte de la retrospectiva del artista. Una exposición de la altura de la Francia de comienzos del siglo pasado y merecedora de todos los reconocimientos y aplausos. En especial porque la sensibilización y crítica que Man Ray, como todo gran artista, trae consigo, le llega bien a una sociedad  que, como la nuestra, intenta reformularse.

Los atropellos a los que nos sometemos y los prejuicios que nos encierran en la repetición tediosa de la violencia generan un ánimo pesado y resignado que el arte ayuda a romper. Un hombre del talante de Man Ray, que rescató la sensualidad femenina, que retrató las ideas de una época de júbilo después de la primera gran guerra y que rebasó incluso los límites de lo que era en su momento considerado como arte, tiene mucho que ofrecernos. Sus obras son rebeldes, obligan el pensamiento y su concepción desde múltiples perspectivas. El ejercicio de aprender a ver diferente, de aprender a ver desde el lugar de los otros y de entender las distintas formas de ser y de expresarnos, no es vano. ¿Necesitamos para ello a Man Ray? No. Pero sí de artistas que como él dinamicen el espíritu cultural del país, muchas veces aletargado.

Espíritu que, por supuesto, se expresa de múltiples formas y no puede ser ordenado en alguna jerarquía insensata que delimite la cultura elevada de la vulgar. Toda expresión artística es valiosa y debe cultivarse. Afortunadamente, tan variadas como las expresiones culturales son las fuentes de financiación. El Estado no es capaz de llevar solo el esfuerzo y por eso se agradece cuando los privados contribuyen con el proyecto. Exposiciones como la de Man Ray, o como la de Warhol en su momento, son una muestra de que las iniciativas particulares, si así lo desean, pueden contribuir con el desarrollo cultural del país y de una sociedad que necesita ser más crítica y sensible. Así bien, hay que festejar la oportunidad y aprovechar los tres meses de entrada gratuita para apreciar  del legado de un artista a quien su amigo Duchamp definió como alegría, juego y disfrute.

Por El Espectador

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