Judicial |2 Feb 2009 - 4:55 pm
The New York Times dice que en David Murcia los colombianos vieron un héroe
Por: Simón Romero / The New York Times News Service
Según el periódico de EE.UU. "su detención fue sencillamente otro ejemplo de lo que llegarán a hacer los ricos con tal de mantener en su sitio a los pobres".
Foto: The New York Times
Bogotá, Colombia.- Donde los oficiales ven fraude, colombianos ven a un héroe. Entre la élite de la localidad, David Murcia Guzmán a menudo es criticado con dureza como el Madoff de Colombia, por Bernard Madoff, el financiero de Nueva York que fue acusado de crear un fraude de inversiones por 50,000 millones de dólares. Sin embargo, para algunos en las clases bajas de uno de los países latinoamericanos más estratificados, él es un héroe popular, y su detención reciente, que sacudió al gobierno, fue sencillamente otro ejemplo de lo que llegarán a hacer los ricos con tal de mantener en su sitio a los pobres.
En algunas formas, el ascenso y caída de Murcia, hijo de las barriadas de Bogotá que se abrió paso a rajatabla hasta la elite colombiana, pudiera ser más excepcional que el de Madoff. Hoy día, Murcia pondera los sucesos que lo llevaron hasta una celda en La Picota, cárcel localizada entre caseríos miserables del extremo sur de esta ciudad.
A sus 28 años de edad, Murcia ha sido acusado de crear una empresa con cabeza de hidra con base en Panamá, que lavaba dinero y atrajo a miles de colombianos a un plan piramidal conocido por sus propias iniciales, DMG.
En el ámbito internacional, las acusaciones son suficientemente comunes en estos tiempos de asombrosas estratagemas financieras. Pero solamente en Colombia, quizá, con su historia de carismáticos forajidos que desdeñan el conservador statu quo, pudo surgir Murcia no como un villano similar a Madoff sino como héroe popular con una legión de seguidores de las regiones cultivadores de coca.
Murcia se deleita en esta transformación, en un ídolo opuesto al círculo dominante. "Mi único defecto fue que me atreví a soñar", dijo, en una vaga entrevista en La Picota, bajo la mirada de tres custodios armados con ametralladoras. "¿Qué hay de criminal con soñar?" apenas dos meses atrás, Murcia estaba ganando y comiendo con gobernadores de provincias. Volaba a diferentes ciudades en un avión particular. Las personas que visitaban su hogar en Panamá se maravillaban ante su flota de automóviles exóticos, incluidos un Ferrari, un Maserati y un Lamborghini.
Después, todo se vino abajo, a medida que la crisis mundial de finanzas y la economía penetraron los mercados. Varias estratagemas piramidales en Colombia se desplomaron en noviembre. Las autoridades locales cerraron DMG, al tiempo que la policía panameña detenía a Murcia. Rápidamente fue extraditado a Colombia, donde un barbero de la prisión lo esperaba en La Picota para cortarle su distintiva cola de caballo.
Sin embargo, esta historia tuvo un inesperado giro, similar al de ÷caro: Muchos de los pequeños inversionistas en DMG veían a Murcia no como un estafador sino como su salvador, por lo que protestaron por su captura casi en doce ciudades. Alegan que la intervención del gobierno en DMG, no la naturaleza de sus actividades, provocó la pérdida de sus ahorros. Una huelga
de hambre por parte de sus seguidores más recalcitrantes, quienes buscan su liberación y la reapertura de DMG, persistió hasta bien entrado enero en el corazón colonial de Bogotá.
La mezcla de indignación popular y escándalo que siguió a la captura de Murcia ha sacudido a Colombia. Han surgido alegatos en el sentido que DMG intentó ganarse el favor de aliados del Presidente Alvaro Uribe en el Congreso colombiano; otros dijeron que los oficiales tomaron medidas en contra de Murcia debido a que su poder estaba empezando a rivalizar con el de las familias establecidas de banqueros en el país.
Todo lo anterior abrió una inusual oportunidad de disensión en una sociedad desgastada por la guerra en contra de un presidente cuyo éxito en contra de rebeldes de izquierda lo ha protegido de escándalos previos. Un plan de partidarios de Uribe, con miras a permitirle postularse para otro mandato, se vino abajo, al tiempo que el colapso de DMG provocó lo que ninguna otra crisis había logrado antes: hacer que Uribe, el presidente más poderoso de Colombia en la memoria reciente, tiemble.
"Desde los tiempos de Pablo Escobar, cuando él actuaba como filántropo y se ganaba la aclamación popular, Colombia no había visto una figura tan enigmática y polémica como David Murcia Guzmán", según Semana.
Al parecer todo es un poco excesivo para un hombre que aún no cumple 30 años, quien, con su barba de candado y cuello de tortuga negro parece más un habitante del Lower East Side de Manhattan que el instigador de un movimiento en contra del círculo dominante, en lo que pudiera ser el país sudamericano más obsesionado con el circulo dominante del gobierno.
Con DMG, él concibió un modelo de negocios dedicado a la venta de tarjetas prepagadas de débito a clientes que también eran sus vendedores. Ellos podían usar las tarjetas para comprar artículos, como productos de electrónica, o podían acumular puntos y cambiarlos en varias tarjetas por dinero en efectivo en el transcurso de unos cuantos meses, siempre y cuando registraran a nuevos vendedores que también compraran las tarjetas.
Ese era el truco, destacan oficiales. Una red de ventas se convierte en una pirámide si depende exclusivamente de atraer nuevas víctimas, cuyas inversiones son usadas para pagarles a inversionistas anteriores.
Los investigadores en esta localidad dicen que la empresa conjunta también se benefició a partir de una vasta economía clandestina del tráfico de cocaína, creando una nueva forma de lavar ingresos a través de DMG y las docenas de empresas relacionadas creadas por Murcia y socios, con sede en Panamá, de Bielorrusia y Brasil.
Los fiscales ven en Murcia una manifestación de la ilegalidad que se permitió crecer en área de Colombia donde ejércitos privados ejercen mucho mayor poder que burócratas de Bogotá. Sin embargo, las teorías con respecto a qué hizo posible su empresa pasan por alto un elemento crucial en la vertiginosa historia de Murcia: la fuerza de su personalidad.
Incluso ahora, mientras se va asentando en una nueva identidad como ídolo populista en la cárcel, él alega inflexiblemente su inocencia de cualquier fechoría, insistiendo en que él sencillamente estaba creando una marca; por su puesto, en torno a él mismo. "Lo que mantiene activo y lleno de energía", dijo mientras los custodios ponían fin a la entrevista, "son las personas que desean mi libertad".
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Simón Romero / The New York Times News Service | Elespectador.com
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