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De Comisionado de Paz a...

POR CUARTA VEZ DESDE QUE ASUmió su cargo en 2002, el Alto Comisionado para la Paz, Luis Carlos Restrepo, ha presentado su renuncia, esta vez aparentemente irrevocable, a la que hasta el momento el presidente Uribe ha respondido con su ratificación y, como dijo el pasado martes, expresándole “toda su confianza, gratitud y admiración”.

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El Espectador
04 de febrero de 2009 - 11:00 p. m.
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Atribuyéndose funciones de jefe de prensa que no le competían y en un claro ejercicio de restricción del derecho a la información, el Alto Comisionado intentó prohibir el acceso de la prensa nacional e internacional a inmediaciones del aeropuerto Vanguardia de Villavicencio, donde aterrizaría el helicóptero brasileño con el liberado Alan Jara. Como horas más tarde el propio Gobierno se retractó, e hizo bien, de la autoritaria orden, el funcionario se retiró molesto, regresó a Bogotá y presentó su carta de renuncia. Ahora no responde a las llamadas de la Casa de Nariño, presumiblemente para no dejarse convencer otra vez de que retire su renuncia.

Un primer balance de lo hecho en estos casi siete años de trabajo como promotor desde el Gobierno de la paz nacional —asumiendo que esta vez a la rabieta no le seguirá el abrazo— deja algunos interrogantes que conviene abordar ahora que las liberaciones han permitido que más de uno se entusiasme, de manera harto ingenua dada la poca disposición de las Farc y la verticalidad del discurso de guerra del Gobierno, con la posibilidad, si no de una salida negociada al conflicto, sí al menos de un intercambio humanitario.

Además de liderar el proceso de desmovilización de los paramilitares que con éxito permitió la salida de un porcentaje alto de la dirigencia de las Autodefensas  Unidas de Colombia (Auc) y de la mayoría de su tropa, las gestiones con las Farc y el Eln no han pasado del mutismo y una que otra reunión más bien estéril en el exterior.

La Ley de Justicia y Paz, que también lo fue de alternatividad penal, logró la mencionada desmovilización que hoy celebramos, a pesar de que la tercera generación de paramilitarismo que supone la asfixiante presencia de las Águilas Negras en departamentos como Antioquia, Córdoba, Magdalena, Arauca, Norte de Santander y Bolívar, sea hoy reflejo de la improvisación y el poco sentido de largo plazo con que se montó dicho proceso. También dejó un manto de duda, cómo negarlo, frente a su carácter deliberadamente político antes que judicial. Su trámite en el Congreso, y el Comisionado no dudó en avalar la desafiante presencia de los líderes de las Auc en un recinto que en efecto terminó infiltrado, generó de su parte salidas en falso en las que arremetió contra quienes criticaban la negociación y proponían un trato menos blando con los paramilitares.

En materia de intercambio humanitario, de otra parte, la constante ha sido la descalificación de los anteriores comisionados de Paz, bajo el principio del borrón y cuenta nueva. “No podemos llamar acuerdo humanitario a ceder ante el chantaje de las Farc” y “nunca habrá despeje” se le escuchó repetir y repetir, cual si fuera un miembro del Ejército antes que el Comisionado de Paz. Se le ha oído opinar también de política, promoviendo listas al Congreso lideradas por Uribe y exigiendo, nadie sabe si por lo mismo o en franca contradicción, la diseminación de los partidos uribistas.

Así, del Comisionado de Paz que entró a ejercer su cargo en 2002 lleno de un pacifismo militante y de ideas harto difundidas en razón a la calidad intelectual de algunos de sus más reconocidos libros, es más bien poco lo que queda. La defensa de las posturas más radicales del presidente Uribe frente a la subversión parece haber permeado sus buenas intenciones y dotes de real pacifista. Con tan desgastante escenario, su dimisión no debería representar mayor cosa para la paz de Colombia, que era su función.

Por El Espectador

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