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El repartidor

Ocurrió la semana pasada. Esa madrugada insómniaca en la que, desvelada por haber perdido mi trabajo, deambulaba sin rumbo entre (el barrio) la soledad y (el barrio) el recuerdo, hacia mi casa, en (el barrio) el retiro.

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Paloma Alberti*
24 de febrero de 2009 - 04:00 a. m.
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Allí, por esas calles, conocí a Jacinto, repartidor de periódicos. Quise adelantarme a Fernando Araújo Vélez y diseñar el relato del encuentro que tuve con él. Estaba a punto de amanecer, y yo iba tarareando una canción de Caetano Veloso, que por esas horas era lo único que me alegraba (en la banda sonora de la película de Almodóvar, Todo sobre mi madre. Esa que canta así: “Dicen que por la noches / no más se le iba en puro llorar / dicen que no comía / no más le iba en puro tomar / juran que al mismo cielo se estremecía / al oír su llanto…”.

Así iba yo, después de pasar una noche blanca. Vi a Jacinto a lo lejos, con su bicicleta desvencijada, llevando un fajo de periódicos en su parrilla. Me pregunté si leería todos los días su destino y el de todos, lo que llevaba como cargamento. Algo me dijo que sí. Me acerqué a él, después de que dejara un par de diarios en un edificio. Mi semblante sonambular debió asustarlo al principio, pero se repuso y me ofreció un cigarrillo. Nos sentamos en las escaleras de ese viejo inmueble, subtitulado “Santa María II”.

Él me contó de sus noches vacías, de soledad interminable. Me dijo que dormía no más de tres horas, por lo general al almuerzo. Me contó de su otro trabajo, como celador en un parqueadero. Yo le hable de mis (des)amores, le canté un par de canciones y le dije que estaba buscando trabajo. Le dije que estaba en el limbo del deseo, a bordo de un “barco ebrio” pero quizá dispuesta a embarcarme hacia otro puerto. Estaba parada en un atrio, pero sin sermones. Tal vez con muchas palabras bifurcadas a mi alrededor. Nos despedimos y llegué a mi casa. Allí me esperaba (sólo) un ejemplar de El Espectador, con la imposible futura crónica que acababa de vivir.

*Colaboración del lector

Por Paloma Alberti*

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