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El centenario del nacimiento de Isaiah Berlin

El seis de junio de 2009 se conmemoran cien años del nacimiento de Isaiah Berlin, uno de los filósofos políticos, historiador de las ideas y pensador liberal más importantes e influyentes del siglo XX.

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Santiago Montenegro
11 de mayo de 2009 - 02:50 a. m.
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Nacido en Riga, en la Letonia zarista, al estallar la revolución rusa se trasladó con su familia a Inglaterra, que se convertiría en su país de adopción. Estudió en Oxford y, después de graduado, comenzó a enseñar en el New College y, casi al mismo tiempo, llegó a ser el primer judío elegido como miembro del prestigioso All Souls College, de la misma universidad. Salvo por el período que prestó servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial, estaría vinculado a la Universidad de Oxford por el resto de su vida.

Berlin fue muy prolífico, escribió y opinó sobre muchos temas y personas, así como emprendió una variedad de actividades. Fundó y fue el primer presidente del Wolfson College, dirigió la Academia Británica, habló constantemente por la radio, fue aficionado a la ópera y miembro de los consejos directivos del Covent Garden, de la National Gallery y de otras instituciones. Dictó conferencias para los más grandes y famosos, pero también para estudiantes en modestos colegios de secundaria. Ayudó a personas comunes y corrientes que solicitaron su colaboración. Pero, a pesar de haber escrito y de haber hecho tantas cosas, no dejó una gran obra, ni creó una gran teoría, menos aún fundó una escuela de seguidores. Fue un “zorro” en el sentido de su célebre ensayo El erizo y el zorro basado en la concepción de la historia de Tolstoy. Los erizos, decía, son personas que tienen una gran idea, que la conocen mejor que nadie, con base en la cual piensan, actúan e interpretan el mundo y la sociedad. Por el contrario, los zorros saben muchas cosas, a veces contradictorias entre unas y otras, aman la diversidad y saben que lo mejor de los humanos se encuentra en ellos mismos y en la compañía del error. Ejemplos de erizos son Platón, Marx, Hegel; entre los zorros habría que incluir a Montaigne, Shakespeare y Balzac. Y al mismo Berlin.

Pero, a pesar de ser zorro, ¿no hay en el fondo del pensamiento de Berlin un erizo, por pequeño que sea? Lo más cercano a esa gran idea puede ser su concepto de pluralismo de valores. Para Berlin, las instituciones sociales o las personas, en sus vivencias concretas, se ven enfrentadas a elegir entre cursos de acción o entre valores que, muchas veces, son, no sólo inconmensurables, sino también incompatibles o contradictorios entre sí. Cuando los valores chocan, tenemos que elegir sabiendo que la opción descartada es igualmente valiosa. Berlin planteó que no puede existir a priori un proceso científico o una jerarquía que les sirva a la sociedad o a las personas para escoger entre unos valores u otros. Por ejemplo, tanto la igualdad como la libertad son valores que todos necesitamos. Pero, ¿cuánta igualdad y cuánta libertad? La libertad llevada al extremo puede ser la libertad de un zorro en el gallinero. Por el otro lado, la igualdad llevada también al extremo puede ser la igualdad de los antiguos países de la Cortina de Hierro que sacrificaron la libertad para la mayoría. Así, el liberalismo de Berlin choca contra proyectos o cosmovisiones generales, como el comunismo o el fascismo, que pretenden conocer las constituciones, leyes o propuestas que, supuestamente, lograrán soluciones finales para la sociedad y el mundo. De esa creencia al totalitarismo sólo hay un paso, pues, no hay costo en el cual no se pueda o no se deba incurrir —como eliminar el disentimiento y la oposición— si el resultado será una solución final y definitiva a los problemas de la sociedad y alcanzar la felicidad para todos.

Consistente con el pluralismo de valores, están sus Dos conceptos de la libertad, quizá su obra más conocida y la más influyente que expuso originalmente en su conferencia inaugural como profesor Chichele de teoría política y social en Oxford, en 1957. Allí, Berlin se pronuncia en favor de la libertad negativa, que es la libertad para el Estado o para las personas de no ser obstruido por las leyes o por instituciones creadas por los mismos seres humanos. En cambio, la libertad positiva, la libertad como autonomía, es la que permite poner en práctica proyectos. En un mundo de intereses y valores diversos y muchas veces contrapuestos, Berlin argumenta que la libertad positiva ha sido pervertida por proyectos o cosmovisiones generales dispuestos a liberar a los hombres y las mujeres a nombre de supuestos valores últimos, que líderes, caudillos o partidos aseguran conocer. Para Berlin, esos intentos de constructivismo social, ya sean de derecha o de izquierda, casi siempre terminan en la abolición de las libertades individuales y en el totalitarismo.


Ajeno a dichas cosmovisiones generales, Berlin estudió y analizó las sociedades y los períodos históricos a través de las personas de carne y hueso, muchas veces las de aquellos que se salían de cauce, los que estaban “en contra de la corriente”, término que dio nombre a otro de sus libros. Igualmente, analizó y discutió a filósofos, intelectuales y políticos contemporáneos suyos. Conferencista y conversador extraordinario, muchos de ellos solicitaban su compañía. Así, tuvo encuentros memorables con personajes tan disímiles como Nehru, Freud, Virginia Woolf, Stravinski, Winston Churchill, Bertrand Russell, el presidente Kennedy, Einstein o Boris Pasternak. Muchos de estos encuentros, Berlin los describió en su libro Impresiones Personales. Pero, entre todos, quizá, ninguno fue más memorable como su encuentro con Ana Ajmátova, una de las más importantes poetisas rusas del siglo XX. El 20 de noviembre de 1945, siendo primer secretario de la embajada británica en Moscú, y de visita en Leningrado, por casualidad se enteró en una librería que Ajmátova vivía cerca. La llamó por teléfono y ella lo invitó a charlar en su apartamento esa misma tarde. La entrevista casi se echa a perder por la torpeza de Randolph Churchill —el hijo playboy de Winston Churchill— quien a gritos interrumpió a Berlin, para que le explicara, naturalmente en ruso, al barman de su hotel el tipo de caviar que quería para su emparedado. Afortunadamente, Berlin logró deshacerse del desagradable carácter y regresó pronto al apartamento de Ajmátova. Hablaron toda la noche. Ella recordó su niñez y adolescencia, sus amistades con Modigliani —a quien conoció en París, en 1911, y quien le hizo varios retratos— e intercambiaron opiniones de la guerra y de personajes como Tolstoy, Shelley, Baudelaire, Rimbaud, Goethe, Pushkin, Bertrand Russell y de su esposo el poeta Nikolay Gumilev, fusilado en 1921 por haber sido falsamente acusado de atentar contra Lenin. Ella le leyó Un poema sin héroe, entonces inconcluso y que ella completaría después, incluyendo a “el visitante del futuro”, el mismo Berlin. Sólo hacia el amanecer llegó el hijo de Ajmátova, Lev Gumilev, con un poco de comida. Fue un encuentro brutal, de admiración mutua, de solidaridad y, quizá, de amor. Amor platónico, sin duda. Posiblemente, también de amor físico, a pesar de que ella era 20 años mayor. Además de los fragmentos del Poema sin héroe ella le dedicó los ciclos completos del “Cinque” y de El escaramujo florece, en donde le dice: “Y tú llegaste a mí como una estrella conocida,/ huyendo del trágico otoño/, hacia aquella casa desolada para siempre,/ de donde salió una bandada de poemas incinerados./ Por los torpes e imprudentes gritos de Churchill, el encuentro entre Berlin y Ajmátova llegó al conocimiento de Stalin y provocó su ira. “Así es que nuestra monja recibe la visita de espías extranjeros”, comentó el dictador soviético. Por ello, Ajamátova habría de pagar caro. Fue denunciada por el comité central del Partido Comunista y expulsada de la Unión de Escritores. Y, su hijo Lev, iría a la cárcel por tercera vez. Como consecuencia, Ajmátova decidió memorizar sus poemas y quemar todos sus manuscritos, como lo dice en el poema. Ajmátova tuvo suerte. Durante el régimen soviético, unos dos mil escritores y poetas fueron reprimidos, de los cuales mil quinientos fueron fusilados o murieron en cárceles y campos de concentración. Berlin la volvió a ver en 1965, cuando, por su iniciativa, Ajmátova fue a Oxford a recibir un doctorado Honoris Causa. Murió al año siguiente, el 5 de marzo de 1966, en las afueras de Moscú, 11 años antes de la muerte de Berlin, acaecida el 5 de noviembre de 1997.

Para quien quiera tener una buena introducción a la vida y al pensamiento de Isaiah Berlin es imperativo leer la excelente biografía de Michael Ignatieff. Un buen compendio y análisis de sus ideas centrales está en el libro de John Gray, Berlin. Otra buena introducción a su pensamiento se encuentra en Conversaciones con Isaiah Berlin, del filósofo iraní Ramin Jahanbegloo. Pero, por supuesto, ninguno de estos libros reemplaza la lectura completa de sus obras.

Por Santiago Montenegro

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