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Es la duodécima ocasión en que el reloj vuelve a cero desde que arrancó a funcionar, en 2001, con motivo del aniversario 56 de la bomba atómica que los Estados Unidos arrojaron sobre la ciudad de Hiroshima, cobrando la vida de 140 mil personas —cifra que asciende en la actualidad a 258 mil, debido a las enfermedades ocasionadas por la radiación—. El régimen dictatorial de Pyongyang, capital de Norcorea, realizó su primera prueba nuclear el 9 de octubre de 2006, la última vez en que el contador se había detenido. El 5 de abril de este año retomó la senda belicosa y, pese a las advertencias de la comunidad internacional, llevó a cabo otro ensayo, uno de mayor envergadura. Días después, ante la crispación del Consejo de Seguridad de la ONU, amenazó con que lo repetiría. Y cumplió.
Ante la enérgica condena internacional recibida por la detonación subterránea del lunes, lanzó dos misiles de corto alcance. En total ya son cinco los misiles con los que el régimen comunista de Kim Jong-il, para muchos próximo a dejar el poder en manos de algún sucesor, ha hecho caso omiso de las protestas de Japón, Estados Unidos y Corea del Sur.
Esta última, otrora rival de una guerra que nunca se saldó con un acuerdo de paz —una guerra derivada del enfrentamiento entre los Estados Unidos y Rusia, que contó incluso con la participación de tropas colombianas—, nuevamente es intimidada. Ante la decisión del gobierno de Seúl de participar en la iniciativa estadounidense contra el tráfico de armas de destrucción masiva, lo que le permitiría abordar buques sospechosos en el mar Amarillo, Norcorea reaccionó señalando que ya no se ve vinculada por el armisticio firmado en 1953, amenazó con un posible ataque militar y dijo no garantizar la seguridad de los barcos extranjeros. La península coreana, de las más militarizadas del mundo, con 650 mil soldados de Corea del Sur, cerca de 29 mil militares estadounidenses y un millón más del lado de Corea del Norte, asiste a uno de sus momentos de mayor tensión desde que se le pusiera fin al enfrentamiento nacido de la guerra fría.
Entre tanto, las miradas están puestas en lo que será la resolución emitida por los cinco países con poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia habrán de decidir las nuevas sanciones que le serán impuestas al que es el único país del mundo en poner a prueba su dispositivo nuclear en lo que va del siglo XXI.
El portavoz de la Casa Blanca, Robert Gribbs, adujo que con esta nueva amenaza Pyongyang sólo logrará incrementar “su aislacionismo de la comunidad internacional”. El vocero del Ministerio de Asuntos Exteriores francés, Eric Chevallier, abogó por un “endurecimiento de las sanciones”. Gordon Brown, primer ministro británico, calificó de “errónea, equivocada y un peligro para el mundo” la prueba nuclear realizada. Y el viceministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Alexei Borodovkin, declaró que es aún prematuro calificar la resolución que será emitida “de dura, blanda, flexible, firme o de otra manera”. China, país cercano a Norcorea, y que en ocasiones anteriores ha antepuesto su derecho al veto para evitar mayores sanciones, ha dicho que condena la belicosa actitud y que “continuará cooperando para conseguir la desnuclearización de la península”.
Todos en contra, pero unos más que otros. En síntesis, todo un reto que pone a prueba la política exterior de enfoque multilateral que representa el presidente estadounidense Barack Obama.