La reforma a la salud en Estados Unidos

EL DISCURSO DEL PRESIDENTE Obama ante el Congreso estadounidense esta semana fue quizá el último, más visible y más importante esfuerzo que el mandatario podrá hacer por salvar la ley de reforma al sistema de salud de su país.

El debate, especialmente durante el transcurso de este verano, ha estado plagado de errores de comunicación por parte de ambos bandos, de acusaciones infundadas y de una campaña de miedo adelantada por el sector más radical de los republicanos.

En el centro de la cuestión se encuentra una seria divergencia entre varios sectores políticos del país del norte en materia del papel que debe jugar el Estado en la provisión de servicios de salud. La privatización de la salud ha dejado a los ciudadanos en manos de las arbitrarias compañías de seguros y de salud, que están haciendo un multimillonario negocio a costa de la enfermedad de muchos. El sistema de salud estadounidense no cuenta con cobertura universal y es, adicionalmente, uno de los más caros del mundo. En un escenario como este, los demócratas han intentado varias veces promover una reforma profunda, enfrentándose casi siempre con los potentes intereses del sector privado y de los republicanos, que creen profundamente que el gobierno no debería meter su nariz en este asunto.

Ahora bien, el objetivo del discurso de Obama el miércoles era justamente tratar de reagrupar a la mayoría demócrata y, al mismo tiempo, atraer a los críticos republicanos constructivos. Pero también buscaba sacar del ajedrez político de una vez por todas a aquellos críticos que sólo quieren acabar con el intento reformista demócrata a costa de lo que sea. Y así se lo advirtió Obama al Senado en pleno con una firmeza que no había caracterizado al Presidente en ocasiones pasadas: dejó claro que no está pensando en una derrota y que está totalmente decidido a que la reforma se lleve a cabo; que está dispuesto a negociar pero que el tiempo para jugar y para emplear tácticas sucias de oposición ya se acabó; y que si sus críticos continúan torpedeando este proceso, simplemente los va a sacar de su intento de concertación. La advertencia no pudo ser más clara.

El Presidente también desmintió contundentemente todo un acervo de críticas muy vocales que han encontrado un eco enorme en los medios de comunicación conservadores —con Fox News a la cabeza— y que se han caracterizado por su radicalidad y su total desapego frente a la realidad y el contenido del proyecto de ley. Se ha dicho que se trata de un programa socialista, que el Presidente obligará a la eutanasia y que nombrará unos ‘tribunales de la muerte’ encabezados por médicos y burócratas del Estado que decidirán quién debe ser tratado y quién debe morir. Si bien estos comentarios brillan por su ignorancia y estupidez, han tenido un efecto importante en promover una cultura del miedo entre la opinión estadounidense. La manifestación máxima del pánico colectivo que esta discusión creó fueron las reuniones comunitarias en las que se buscaba explicar y discutir el contenido de la ley. En algunas de las últimas, varios asistentes llegaron incluso a portar armas y en muchos casos hubo griterías e insultos que poco aportaron a la discusión del tema.

Lo que sigue de aquí en adelante en materia de la aprobación de esta ley determinará, sin exagerar, el destino de la todavía nueva administración Obama y la validez de este innovador experimento político. Si la ley no pasa, siendo este el proyecto más importante del gobierno, erosionará su poder político y es probable que también facilite que los próximos resultados de las elecciones al Congreso se den a favor de los republicanos. Esto, en medio de una opinión pública cada vez más escéptica, un Partido Demócrata crecientemente fragmentado y resultados todavía ambiguos en materia de las guerras en Irak e Irán, puede marcar el comienzo del fin de la era Obama.