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Esta falta de transparencia es contraria a la forma como se supone se tratan los temas de defensa y seguridad entre países que están en proceso de integrarse. El manejo del asunto en Colombia deja mucho que desear, tanto por la cacofonía entre el Presidente y sus ministros, como por la progresiva pérdida del precario apoyo que se había obtenido al principio (del respaldo explícito de Perú a la crítica apenas moderada de Chile y Brasil). La alternativa de retirarse de Unasur, como respuesta a lo que se considera un ambiente hostil, sería visto internacionalmente como el reconocimiento de culpa acerca de todo lo que se ha dicho sobre el acuerdo y la protocolización del aislamiento absoluto de Colombia frente a sus vecinos y otros países de la región.
Frente al acuerdo el Gobierno sigue debiendo explicaciones, tanto dentro como fuera del país. La afirmación de que es una necesaria extensión de los acuerdos actuales de cooperación es difícil de sustentar, entre otras razones porque si de lo que se trata es de sustituir la base de Manta, habría que recordar que su función nada tenía que ver con el Plan Colombia, ni estaba limitada al combate contra el narcotráfico en Ecuador, sino que tenía un alcance regional. Además, según se deduce de la información que se ha filtrado sobre este documento, al parecer que el tipo de equipo militar que se podría desplegar con la autorización para utilizar bases colombianas poco tiene que ver con la lucha contra el tráfico de drogas ilícitas. En pocas palabras, todo indica que el acuerdo responde mucho más a necesidades estratégicas de Estados Unidos en la región que a los intereses de Colombia, aunque podrían existir ciertas áreas de coincidencia.
Esta situación plantea dudas sobre el futuro de Unasur, en particular si sus miembros no logran encontrar una forma de tramitar exitosamente las diferencias entre sus visiones del mundo y sus intereses. Algo no se está manejando adecuadamente cuando, mientras Colombia es arrinconada, Brasil anuncia un ambicioso programa de rearme, establece un acuerdo con Francia para hacerlo efectivo y la Venezuela bolivariana insiste en revivir la Guerra Fría, estableciendo acuerdos de cooperación militar y nuclear con Rusia e Irán, y de manera irresponsable (como casi todo lo que hace el coronel) intenta meter a la región en una absurda versión del choque de civilizaciones. En medio de un ambiente tan turbulento y confuso, el resto de los países suramericanos no expresa siquiera la más mínima inquietud.
El reto diplomático para Colombia sigue siendo enorme y por el momento no parece estar enfrentándolo con éxito. En principio parecería que Unasur está ahí para quedarse. El asunto es si va a seguir existiendo con Colombia, se va a permitir un liderazgo de los radicales o se puede, con un manejo inteligente, transformar en un esquema racional y útil para tratar temas críticos para la región, entre ellos los de seguridad y defensa. Escapar al debate no es una respuesta, pero mayor claridad y transparencia son necesarias. Los tiempos para la diplomacia secreta han quedado en la historia.