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Tras las grandes expectativas que se habían generado al finalizar la semana pasada, tras la firma del acuerdo entre las partes en conflicto, el rompecabezas del país centroamericano continúa sin poder armarse y la crisis se profundiza.
El compromiso, logrado tras un diplomático proceso de filigrana, acogía la mayoría de la propuesta hecha por el presidente Óscar Arias, con la eventual restitución de Mel Zelaya; su compromiso de no insistir en el tema de la reforma constitucional que abriría la puerta a la reelección presidencial, la conformación de un Gobierno de Unidad Nacional y la legitimación de la próxima justa electoral, que tendrá lugar el 29 de noviembre, entre otros.
En su momento se mencionó que en medio de las intensas negociaciones con el gobierno de facto y con el grupo del depuesto presidente, Thomas Shannon, subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos de los Estados Unidos y cabeza de la comisión que junto a la OEA logró la firma del acuerdo, habría presionado a los actores para lograr el ansiado resultado. Sin embargo, todos negaron dicho señalamiento.
Lo cierto es que al inicio de la presente semana se comenzaron a cumplir los puntos acordados. El martes se constituyó una Comisión de Verificación de alto nivel, prevista en el Acuerdo, encabezada por el ex presidente de Chile Ricardo Lagos y la secretaria de Trabajo de Estados Unidos, Hilda Solís, con el acompañamiento del secretario de Asuntos Políticos de la OEA, Víctor Rico. Hasta ahí, todo en orden.
Sin embargo, el Congreso hondureño decidió ganar tiempo extra elevando una consulta a la Corte Suprema de Justicia, la Procuraduría y el Ministerio Publico, para que expresen su opinión sobre la suerte de Zelaya. Micheletti, presidente de facto, anunció el jueves la creación del “Gobierno de Unidad Nacional”, encabezado por el mismo, y en el cual se negó a participar el presidente depuesto. Y, lo más desconcertante, Shannon dijo en una entrevista a CNN que el acuerdo no establece la obligatoriedad del retorno de Zelaya al poder y dio a entender que su gobierno reconocerá al ganador de las elecciones de fin de mes, dado que la solución al conflicto es entre los hondureños. Con este panorama, las cosas entran de nuevo en el terreno de la tragicomedia, pues el gobierno de facto interpreta el acuerdo a su acomodo y Zelaya dice que el mismo es letra muerta mientras él no vuelva a la presidencia.
Las preguntas que surgen de inmediato son varias: ¿Qué va a hacer la OEA, organismo que ha señalado en reiteradas ocasiones que el retorno al orden democrático pasa por la restitución de Zelaya? ¿Cómo va a actuar EE.UU. dentro del órgano hemisférico para lograr la cuadratura del círculo al aceptar que las cosas sigan igual, como van hasta ahora, y así reconocer el resultado de las elecciones de fin de mes, sin Zelaya en la Presidencia? ¿Conducirá esta situación a una fragmentación dentro de la OEA entre el grupo del Alba, afín a Zelaya, y otros países que no están de acuerdo con la injerencia de Venezuela en Honduras?
Lo único cierto, mientras se aclara el panorama, es que las oscuras golondrinas campean de nuevo sobre Honduras. Cualquier solución a la que se llegue no puede pasar por nada distinto al restablecimiento del orden constitucional mediante el inmediato regreso de Zelaya a la silla presidencial, de la cual fue sacado por la fuerza de las armas. Sólo resta esperar que la sindéresis y el respeto por la Carta Democrática de la OEA y de las normas del Derecho Internacional terminen por imponerse entre los sectores que respaldan al gobierno golpista. En caso contrario, estaríamos siendo testigos de aquella paradójica y trágica frase según la cual, en el país centroamericano “todo cambia, para seguir igual…”.