Opinión |31 Ene 2009 - 10:00 pm

Ernesto Yamhure

Saliendo del fango

Por: Ernesto Yamhure

HECHOS COMO LOS DE ESTA SEMAna en Bogotá, donde las Farc demostraron una vez más que su intención es la de intimidar y llenar de pánico a la sociedad, nos conducen a reflexionar sobre el país que queremos en los próximos años.

Muchos colombianos tienen memoria de elefante. Los fanáticos amigos de la “dialoguitis”, calculadamente se han valido de esa debilidad y, a punta de cantos de sirena, han ido convenciendo a los incautos de que el país merece revivir aquellos sombríos tiempos del Caguán.

Y no faltarán los bobalicones que caigan en la trampa, desconociendo los resultados de la Seguridad Democrática. Pareciera que estuvieran aburridos con la reducción de los secuestros de 2.882 a 392 en los seis años y medio de Gobierno, o las 32.614 capturas de guerrilleros en el mismo período.

Seguramente, alegarán que aquello no es suficiente porque sus timoratas mentes creen que el problema se acabará despejando el territorio de su Fuerza Pública para darle vía libre a otro tétrico sainete como el que padecimos durante el gobierno de Andrés Pastrana, pasándose por la faja lo que éste significó y haciéndose los de la vista gorda frente al lamentable saldo que arrojó. Precisamente, durante esos tres lóbregos e insoportables años, las Farc dieron sobradas muestras de su pericia en materia terrorista a través de las frecuentes tomas de poblaciones o el asesinato de civiles, policías y soldados, cuando no lo hicieron por medio del secuestro o el tráfico de cocaína.

La Seguridad Democrática se erigió como una talanquera al salvajismo de la guerrilla y sus resultados han sido incontrovertibles. En 2002 hubo 680 víctimas mortales en masacres, cifra que el año pasado descendió a 144. Desde 2002 se pasó de 99 sindicalistas asesinados a 18, número que es demasiado alto, pero que refleja una disminución dramática. No podemos dejar entre renglones que hace menos de una década, la cantidad de obreros sindicalizados asesinados era superior a los 100 por año.

Gracias a la contundencia de los golpes recibidos, la guerrilla sufre la amargura de su ocaso. Estamos frente al fin del fin, como lo ha dicho el general Freddy Padilla. Diariamente, a los batallones y estaciones de Policía se presentan guerrilleros hastiados, buscando acogida en el programa de desmovilización y reincorporación a la vida civil. El año pasado, en promedio, se desmovilizaron ocho personas al día, cifra que nos lleva a concluir que, sin necesidad de despejar el territorio, estamos viviendo silenciosa y sigilosamente un gran proceso de paz.

Pero la bestia del terror y la intimidación aún retoza. En tiempos no muy remotos, cuando los delincuentes no eran enfrentados con verticalidad, éstos efectuaban acciones espeluznantes. Basta con recordar el atentado del 7 de agosto de 2002. Ahora que están diezmados, recurren a petardos de bajo poder que, a pesar de su poca envergadura, cobran víctimas inocentes. El objetivo es sencillo: ponerle un signo de interrogación a la Seguridad Democrática y llenar de motivos a los bien llamados “caguaneros” para que continúen demandando despejes y diálogos claudicantes.

Mal haremos si caemos en el juego de los bandidos. Atentados como el del pasado martes es un protuberante síntoma de su agonía. En vez de rendirnos, debemos fortalecer nuestra convicción y nuestra fe en el camino que hemos adoptado, porque muy pronto tendremos que decidir si continuamos por esta ruta, o si es mejor devolvernos al fango en el que hace tan sólo siete años nos estábamos ahogando.

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