21 Nov 2012 - 8:19 pm

Homenaje

Ernesto McCausland, eternamente barranquillero

Un cáncer de páncreas provocó la muerte del escritor, periodista y cineasta colombiano.

Por: Elespectador.com
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Ernesto McCausland se dedicó a resaltar las características del Caribe colombiano. / Cortesía - El Heraldo

Ernesto McCausland solía decir que en Bogotá no pasa nada. Por lo menos nada interesante que valiera la pena de registrar en uno de sus extensos relatos, en algunos minutos de su filmografía o en las crónicas de radio que lo hicieron tan célebre. En su cabeza tenía el concepto de la globalización y por eso logró establecerse durante varias temporadas en Estados Unidos y pudo vivir en la capital sin sentirse, inmediatamente, agobiado. Sin embargo, pasados varios meses, sus ojos le imploraban ver de nuevo ese Caribe inspirador y terminaba regresando a lo suyo.

En Bogotá, o en cualquier urbe alejada del influjo del mar Caribe, que trae historias fantásticas y se lleva la nostalgia y la tristeza, era casi imposible encontrarse con una persona cuya rutina tenía que ver con el hecho de peinarse utilizando un machete para definir, ojalá, el corte del pelo y no una profunda incisión en el cráneo. Esas historias eran el alimento de Ernesto McCausland y eran lo que, según le repetía una y otra vez a sus amigos cachacos, no encontraba en ninguna otra parte del planeta.

Se insinuó alguna vez, incluso, que aceptó el cargo de director de El Heraldo como un compromiso de lealtad con Barranquilla. No asumir ese rol, con todo lo que eso implicaba para su salud y para su pluma, hubiera sido como renegar de sus orígenes, no entender cuando se habla del foco en lugar del bombillo y hacerse el sordo cuando estuviera sonando una canción emblemática de Estercita Forero o un son de Álvaro José Arroyo, el Joe, uno de sus más grandes amigos, del que aprendió mucho de la sensibilidad que debe tener alguien que se gana la vida relatando cuentos.

Ni su paso por radio, ni sus apariciones ya lejanas como periodista del Noticiero QAP, del que después fue presentador muy a su pesar, porque al segundo después de haberse puesto el traje y la corbata ya se los quería quitar, nunca le hicieron cambiar su forma de entender el oficio. La chiva era importante para él, pero más valor tenía la historia detrás de esa información. Una buena crónica merecía su tiempo y se le podía dar espera, en la medida de lo posible, para salir mejor que la competencia. Esa era la razón fundamental por la que Ernesto McCausland desconfiaba de aquellos reporteros que producían en serie.

Sus más grandes pasiones eran el cine y la literatura. De la primera aprendió a bajar la cámara cuando la situación lo ameritaba y también comprendió que al hacer silencio podía encontrar detalles, elementos y caminos novedosos para sus reportajes. El séptimo arte lo instruyó en la relevancia del silencio, mientras que la literatura le mostró la variedad en los relatos. Era tan experto en los textos del poeta, dramaturgo y artista de la isla de Santa Lucía Derek Walcott, como de la obra de uno de sus maestros de la vida, David Sánchez Juliao. Con esos dos personajes supo que se podía hablar bien del Caribe y que las diferencias con el resto del mundo se podían convertir en sus mayores virtudes.

Con el paso de los años Ernesto McCausland aprendió también algo que al comienzo consideraba un arte y luego se transformó en un elemento adicional del paisaje. Gracias a sus crónicas, tanto para los medios impresos como para su emblemático programa Mundo costeño, determinó los pasos para hacer eso que los demás llamaban “romper el hielo”. Él lo hacía con lo que tenía a la mano, con lo que portaba en su equipaje de mano: sus historias. Todo lo ejemplificaba con anécdotas y de esa manera sentía que estaba siendo mucho más claro.

El rigor era su método de trabajo, y así como era puntual para las entregas de los textos que le encargaban al mes, era respetuoso de los espacios asignados para sus artículos. No cuestionaba el número de caracteres y el tiempo que podía destinar a la discusión más bien lo empleaba en la selección de las palabras adecuadas para comunicar mejor el mensaje. Esa siempre fue su clave, el secreto de un cronista.

 

Palabras de Ramón Illán Bacca

Yo soy mucho mayor que Ernesto.  Él entró a trabajar en ‘El Heraldo’ con la generación de Mauricio Vargas y Marcos Schwartz. Y ya luego lo vi en la televisión. A mí me interesaron las novelas que escribió, sobre todo aquellas sobre el carnaval, la muerte en el carnaval. Tenía allí razones de vida, de muerte, pero infortunadamente no caminó esa novela. Nos separaban 20 años casi. Él era de esa generación que se estaba levantando.

Las crónicas de McCausland eran bastante agudas, bastante interesantes, tenía una forma de atinar en el centro, en el núcleo del asunto. Su última columna también fue un relato sobre un músico en Santa Marta, encerrado en su casa, tocando un piano que tenía algodón en las teclas para que nadie lo escuchara. Como director de ‘El Heraldo’ lo hizo bastante bien. Sostuvo ese periódico como una voz regional importante. Era una excelente persona. Y digo: es una gran pérdida.

En el periódico, hace seis meses, fue la última vez que lo vi. Conversamos acerca de un suplemento literario. Era un hombre pendiente de todas las cosas del periódico.

 

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