Cartas de los lectores 7 Abr 2013 - 11:00 pm

¡El carbono!

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Apareció en El Espectador del 1º de abril una nota de Luis E. Giusti titulada “La crisis del carbono”. Desafortunada en todo sentido, la nota es sólo confusión. Confusión en los términos empleados, en la descripción de los escenarios de las negociaciones de Naciones Unidas sobre el cambio climático, en las razones por las que Estados Unidos no suscribió el Protocolo de Kioto y en las que ha tenido la Unión Europea para impulsar los acuerdos. Ignorancia o deseo de confundir al lector: al dióxido de carbono y otros gases no se les conoce como “gases de invernadero”; se dice que son gases de efecto invernadero pues su presencia en la atmósfera retiene parte de la energía solar, lo que mantiene la temperatura del planeta. En la medida en que su concentración aumenta, la temperatura también, como pasa al aumentar el cerramiento en un invernadero de los utilizados para cultivar flores. Este aumento de temperatura produce un cambio climático con graves repercusiones sobre todos los sistemas terrestres.

Los escenarios de negociación de Naciones Unidas sobre medio ambiente reconocen los ecosistemas de la Tierra y su funcionamiento como algo que debemos cuidar, pues de éstos depende la existencia humana, lo cual representa un avance fundamental para la sociedad; se alejan mucho de la lógica en que se mueven otros escenarios como los políticos, económicos o sociales. Sin embargo, las decisiones que se toman sobre medio ambiente tienen en cuenta los intereses económicos y políticos que en muchos casos terminan condicionándolas. Algunos países europeos que privilegian la supervivencia al crecimiento de corto plazo han impulsado y suscrito acuerdos sobre cambio climático para evitar futuros desastres ambientales. Los Estados Unidos se niegan a firmar estos acuerdos por su costo y la pérdida de peso relativo que esto significaría en el balance global, frente a otras economías como la de China, que logró pasar como país en desarrollo en el momento de los acuerdos de Río de Janeiro en 1992 y por lo mismo no tiene que controlar sus emisiones. A pesar de esto, en Estados Unidos muchos estados y ciudades tienen programas muy importantes de control de emisiones y el presidente Obama está comprometido con este propósito.

No conozco el libro de Deiter Helm comentado por Giusti, pero es evidente que la “culpa” del escepticismo del “público” sobre el cambio climático y su pérdida de interés en las agendas gubernamentales no es de las ONG verdes, sino del manejo político y mediático que se da al tema y por la atención que se presta a la actual crisis económica financiera, que además se quiere resolver con mayor crecimiento material cuando este ya superó los límites naturales del planeta.

Pablo Leyva. Bogotá.

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