7 Jul 2013 - 9:00 pm

Palabras con sabor

Publicamos los tres mejores textos de nuestra convocatoria ‘Cocina y letras’. El ganador obtuvo la ‘Biblioteca Básica de Cocinas Tradicionales’.

Por: Redacción Gente
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(Texto seleccionado) La cocina
Pique, pique, pique, ligero, entre menos tiempo pase con la cebolla, menos llanto, como con las personas. Métale otro palo y retire los que están más rojos o se derrite la papa del sancocho. Un día va a alcanzar el fogón sin ese tarro y esta cocina va a ser suya. Ese día yo estaré ya bajo tierra. Por eso tiene que hacer caso, poner cuidado a lo que se le diga, sin hacer pucheros. Oiga y calle. Cuando uno sabe cocinar encuentra lugar en cualquier parte. No hable y menos cuando tenga hambre. Si la gente hablara después de comer, la mano ’e muertos que nos hubiéramos ahorrado. No sienta pena por ser del campo, cuántas minifaldudas con zapatillas no andan por ahí sin probar bocado. Usted sabe algo que nadie le va a quitar. No es que le diga que no tenga aspiraciones; yo quiero que usted salga de esta cocina y conozca el mundo que yo no vi. Pero, sepa algo, para mandar hay que saber servir primero. Sobre todo, siéntase tranquila de saber que la gente tiene hambre al menos tres veces al día. Entonces, ahí es cuando usted llega y agarra la sartén por el mango.
Por: Paola Camargo González

Titoté
El clamor del pronto guiso arde en las vetas marrones del coco. Se sopesa al vuelo el equilibrio entre la carne y el agua, se dan golpes acompasados en una melodía de palenque que devuelve el eco de la sangre esclava que abonó la palmera. La carne se tritura en el óxido de una lata agujereada. La leche inmaculada se pone en la llama y el agua se evapora dejando en el infernal aceite las fibras que sobrevivieron al tiempo y que, como los ríos colombianos, amontonan cadáveres que se juntan en sus lechos despreciando las balas e ideas que los sepultaron en ellos. La panela deshecha a golpes de piedra y látigo, las pasas y su recuerdo colonial, la margarina con olor a selva incendiada y estupro y oro.
El titoté se hace, se deja hacer, será un arroz con coco legendario. Mi abuela lo sirve y con él, olvido.
Por: Jose Luis Altafulla Marrugo.

Petra

No me cansaré de ser media zanahoria. Después de ver lo que vi, me puedo negrear tranquila.

Muy lejos de este lugar mi madre me decía: cuidado con los conejos, Petra, cuidadito. Lo que no me dijo es que existen los humanos y que somos buenas para la vista de ellos. ¿Por qué? ¡Ja! Simple, por nuestra condición. Las zanahorias no conocemos de olores, razón por la cual podemos observarlo todo; yo tengo 52 ojos. Antes del suceso tenía 176.

Cuando era joven me sacaron del terruño, me rejuntaron con las hermanas y me dejaron días después contemplando una maravilla. Donde Lucho
vi las más extrañas formas, amarillas criollas que ronroneaban con sus agudas voces, un repollo meditando solemnemente, un racimo de bananos opulentos, limones y manzanas.

Apareció una mano un día y me arrojó luego a un abismo verde, me puso encima una cebolla, un pimentón extraño que era como autista y unos champiñones. Ellos me contaron todo, tienen una extraña sabiduría. Un ojo otro ojo, me arrancaron 124. Incrédula, vi cómo me lavaron y me juntaron con el resto. Fui ensalada y vi el estómago del hombre. Ahora lo comprendo todo. Contemplo las estrellas desde un verde matorral.
Por: Daniel Francisco Tapias Ferro

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