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“Te prohíbo entrar a la iglesia o monasterio, feria, molino, plaza de mercado, o estar en compañía de otras personas. Te prohíbo salir de tu casa sin tu traje de leproso, para que uno te reconozca, y que vayas descalzo. Te prohíbo lavar tus manos o lavar algo tuyo en el riachuelo o en la fuente, y nunca beber: y si deseas agua para tomar recógela en tu cuba o tazón. Te prohíbo tocar cualquier cosa que regatees o compres, hasta que sea tuya. Te prohíbo entrar en una taberna. Si quieres vino, ya sea que lo compres o te lo regalen, haz que lo viertan en tu cuba. Te prohíbo, cuando vayas por el camino y encuentres a alguien que te habla, dejar de ponerte a favor del viento antes de contestar. Te prohíbo ir en fila apretada, de tal manera que si encuentras a alguien, él no pueda contagiarse de la aflicción que tienes. Te prohíbo, si vas por una vía pública, tocar un aljibe o el cordel, a menos que te hayas puesto los guantes. Te prohíbo comer o beber de otros platos diferentes a los tuyos. Te prohíbo beber o comer en compañía, a menos que sean leprosos”.
Este fragmento de un códice medieval, citado por Saul Nathaniel Brody en The disease of the soul: leprosy in medieval literature, nos da una idea del milenario terror que tenemos los seres humanos a contagiarnos de las pestes, lacras y enfermedades de los otros. Haciendo los ajustes indicados parecería una circular o directiva reciente de la OMS, o del ministerio de salud de un país cualquiera, tendiente a que nos protejamos del contagio de enfermedades como las vacas locas, la gripe aviar, el ántrax, el Ébola, el sida, o mejor la gripe porcina que tiene por estos días tanto prestigio.
Yendo más atrás en el tiempo, podemos recordar el tono entre profiláctico y de admonición moral del Antiguo Testamento, en libros como el Levítico. Aquel pánico ante unas enfermedades y unas pestes que hoy en día no podríamos distinguir entre la lepra, la sífilis y otras desgracias seculares de la humanidad, y que revela el pavor que constantemente nos ha producido la diseminación incontenible de enfermedades infecciosas, y el lugar oprobioso y humillante que damos socialmente a cuantos padecen estos males mortales. No tarda, en estas circunstancias, en aparecer el elemento religioso o de superstición, o simplemente político e ideológico, para que condenemos a los infectados al más monstruoso aislamiento, al abandono total por parte del Estado y la sociedad, y frecuentemente, a la muerte segura en las condiciones materiales y morales más tristes y dolorosas que se puedan concebir.
Muchas de estas previsiones y normas han conseguido, en efecto, detener en alguna medida la propagación de epidemias en el mundo moderno, evitando mortandades a lo largo y ancho del planeta. Pero nunca está ausente esa tendencia nuestra a despreciar y a aborrecer a los “apestados”, y con frecuencia a echar mano de lo moral y religioso para sentirnos perfectamente cómodos en nuestra posición de verdugos privilegiados. “Se lo tiene merecido por pecador, es un castigo del Cielo”, decimos, “eso le pasa por lujuriosa, o por homosexual, o por drogadicto, o por miserable y pobre”. En este mundo de hoy, para poner un ejemplo a mano, hay en salmuera millones de niños africanos que van a morir muy jóvenes en los años venideros, y ante los cuales la Iglesia Católica sólo acierta a repetir que el uso del condón es un pecado.
La reprobación moral, el asco, el miedo, son constantes. Cuando allá por los años cincuenta del siglo pasado el Estado colombiano decidió clausurar el leprocomio de Caño del Loro, en Tierrabomba, lo mejor que se le ocurrió fue mandar los aviones de la Fuerza Aérea a bombardear el lugar para borrar cualquier huella de lo sucedido allí, ese rosario de tristezas tejido desde las épocas del bueno de Pedro Claver. Así fue la cosa, una medida contundente, aunque todavía en los años setentas las familias ricas de Bogotá y Medellín que pasaban en sus lanchas por el mar, camino de las Islas del Rosario, alcanzaban a ver en las riveras algunos ancianos cercenados por el mal de San Lázaro, o algunos niños con ñocos en lugar de dedos, diciéndoles adiós dulcemente desde la distancia. Aunque hoy en día, en pleno siglo XXI, haya indicios científicos de que algunos niños de las escuelas de Agua de Dios siguen heredando la lepra en lo profundo de su torrente sanguíneo. Sin embargo, por un tiempo, creímos haber conjurado el mal y habernos puesto a salvo.
Pero volvamos a la literatura. Todos recordamos el inmortal libro de Daniel Defoe —el mismo que escribió Robinson Crusoe—, sobre la peste; o La peste de Albert Camus, en el que una invasión de ratas —¿de soldados nazis?— crea el pánico y el terror entre la población. O el inolvidable relato Muerte en Venecia, de Tomas Mann, en que un hombre ya maduro vuelve llevado por la nostalgia a las ciudad de las cúpulas y los canales de agua, sólo para encontrarla abatida por una nueva peste que se lleva putrefactos todos sus recuerdos, mientras un efebo baila sensual en la playa ante sus ojos inundados de llanto y deseo. O, más reciente y actual, el libro de Susan Sontang La enfermedad como metáfora, donde se mira la forma inclemente y astuta en que la sociedad ha tratado, discriminado y condenado al olvido y la desaparición a los enfermos e infectados de cualquier cosa mortal y horrible de ver, sobre todo si tiene origen en el plasma sanguíneo, en el sudor, las babas o los besos.
Son muchos los ejemplos, Saramago, Poe, Bufalino…. Hace unos años se publicó Bad Blood, un libro que da cuenta de cómo entre 1930 y 1970 en una clínica del sur de EE.UU., estuvieron encerrados unos 300 sifilíticos de raza negra, hombres y mujeres, sometidos a experimentos y estudios durante décadas, y extraños al hecho de que la humanidad ya había sintetizado los antibióticos y hacía años se podía curar la enfermedad. De ahí a los experimentos con humanos, no sólo de gobiernos salvajes y tiránicos, sino de ciertos conglomerados financieros, o ciertos grupos políticos y militares, ya había poca distancia. Es el mundo infectado, pero creado y extendido, ya no por el azar, sino por la “mala levadura” del hombre.
Guardadas la proporciones, yo también me puse a mi modo en la tarea de reconstruir un mundo, una ciudad, ensombrecida por “la peste”. No fui el primero aquí, ya otros lo habían hecho, pero así fue. Llevado por mi obsesión escribí tres novelas a las que llamé Trilogía Bogotá, que cubren cabalmente los cien años del siglo XX y se ocupan de bucear en la condición humana —sobre todo desde el mundo femenino—, lo que pasa en la piel, en los corazones, entre las sábanas, en los confesionarios, en los consultorios, en los hospitales, cuando una oleada de muerte se extiende ominosa sobre los cerros de Monserrate. O sobre la Plaza de Bolívar y San Victorino. O en los campos de Facatativá y Tabio. O en las pulperías y los barriales. O en los burdeles y salones. O en las residencias de las familias elegantes y los despachos públicos.
Todo empezó cuando descubrí en unos periódicos de hace cien años, un aviso que anunciaba que por fin había llegado a Bogotá el 606 o salvarsán, un remedio a base de arsénico para combatir la sífilis. Y cuando descubrí que a finales del siglo XIX un hospital de pobres de la ciudad, tuvo que cerrar su pabellón de maternidad porque se le murieron todas las madres que allí estaban internas, víctimas de las fiebres puerperales. O cuando imaginé que una madre joven tenía que ir con su hija chiquita a Paloquemao a sacar el pasado judicial y le tocaba la bomba del DAS, aquel día aciago de diciembre de 1989.
La sífilis, las fiebres de las parturientas, la violencia del narcotráfico dentro del cuerpo de una mujer que pierde a su hija… No importa, es todo lo mismo, es el mismo sufrimiento y el mismo miedo y la misma inclemencia. Es la ciudad infectada, es el miedo de quedarnos solos, de morirnos con las bocas llenas de sangre y de pus, mientras todos nos miran con repugnancia y odio.
¿Qué irá a pasar ahora con la gripe porcina? ¿De qué lado quedaremos? ¿En verdad nos vamos a morir? El Ministro de la Protección Social ha dicho que ocho millones de colombianos nos vamos a infectar. ¿Qué nos irá a pasar? Seguramente, como ustedes, yo me lavaré las manos recurrentemente; me pondré la mascarilla, cuando vuelva a surtirla la droguería de la esquina y por fin me pueda hacer a una; me vacunaré contra la influenza en una EPS o en un hospital público, aunque sólo me dé un 50% de oportunidad; y sobre todo, me alejaré sistemáticamente y miraré con recelo a todos los que tosen o estornudan cerca de mí, así sean mis amigos, mis compañeros de trabajo, o inclusive mis familiares más queridos y próximos.
En fin, todo eso haré, aunque confieso que a veces le temo al Gobierno, a este y a todos los gobiernos, más que a las mismas enfermedades infecciosas. Le temo a la OMS y a los políticos y a los burócratas de la administración de salud, más que a las propias pandemias. Le temo a los acuerdos comerciales y filantrópicos, más que a los terribles males que nos manda el Señor.
Pero si es verdad lo que dice el ministro, si por una rareza esta vez el gobierno va a decir una cosa concreta y completamente veraz y se nos viene encima este mal apocalíptico, espero que los burócratas estén preparados para preservar a la población, para defenderla, para hacer lo que es su deber hacer, sin demagogia, sin alarmismo, sin paternalismo.
Espero que actúen con diligencia. No más mensajes por la televisión y volantes y afiches trasladándole a la gente la obligación de protegerse de semejante amenaza. Distribuyan las máscaras gratuitamente; importen, no 200.000 dosis de la vacuna, sino ocho millones, y empiecen ya a vacunar a todos los colombianos en las esquinas. Sin mesianismos ni segundas intenciones. Y naturalmente, sin ningún costo.
* Escritor bogotano. Su más reciente novela, Santa Rita, acaba de ser publicada por Alfaguara.