Por: Patricia Lara Salive

Voto en blanco

CONCLUYE QUIZÁS LA CAMPAÑA electoral más interesante de nuestra historia reciente, llena de propuestas y de debates en vivo y en directo, los cuales les permitieron a los colombianos conocer de cerca las posiciones, las fortalezas, las debilidades y la personalidad de los candidatos.

Se llegó, pues, la hora del partido final, en el que quedan dos jugadores visibles en la cancha: Juan Manuel Santos, un hombre capaz, pragmático, preparado para gobernar, a quien acompaña la clase política, muchos de cuyos miembros son los protagonistas de esa corrupción y de esa politiquería que Uribe prometió extirpar y que lo que hizo fue arraigar aún más en el Estado; y Antanas Mockus, un filósofo y matemático brillante, quien conformó un equipo extraordinario, encabezado por los ex alcaldes Sergio Fajardo, Lucho Garzón y Enrique Peñalosa, y consiguió que en la conciencia del país calaran unos mensajes fundamentales —“no todo vale” y “la vida y los recursos públicos son sagrados”—, pero quien luego de lograr que gran parte de los jóvenes y de esa otra Colombia se entusiasmaran con su propuesta, empezó a equivocarse, a transmitir inseguridad y a sumergirse en el liderazgo de una especie de “secta de los puros” que excluyó la alianza con otros sectores importantes, como es el de Gustavo Petro, la izquierda en general y quienes consideramos que en política hay que saber sumar y obtener consensos, lo que no significa transar principios ni caer en corruptelas.

Sin embargo, en la cancha, queda otro jugador, no tan visible: el que propugna por el voto en blanco, un voto que manifiesta su oposición a la corrupción y al clientelismo, que grita que desea una Colombia segura, próspera, honesta, en la que no todo vale; pero también una Colombia más justa, menos desigual y más democrática, partidaria del acuerdo humanitario, de la paz negociada y del ejercicio de una oposición inteligente que no sólo denuncie y frene el abuso de poder, sino que a cada rato le indique al presidente que él no es el dueño del país que gobierna. Esa oposición, igualmente, debe ser capaz de llegar a consensos y de apoyar las iniciativas del gobierno que beneficien a los más débiles y a los más pobres.

Ahora, cuando va a jugarse el partido final, invito a quienes así piensan, a que venzan la pereza y salgan a votar: en este momento en que todo indica que Juan Manuel Santos puede alcanzar una mayoría abrumadora, sería muy importante que hubiera muchos votos en blanco que le recordaran que existe ese otro país que mantendrá los ojos abiertos y vigilantes y que estará pendiente de que él cumpla sus diez promesas electorales y las otras que ha hecho durante la campaña: por ejemplo aquella que tomó del programa de Gustavo Petro: la de que les quitará a las mafias dos millones de hectáreas para entregárselas a los campesinos.

Es que si Santos cumple esa promesa, habrá realizado una revolución en Colombia. Pero, para hacerla, ¡primero tendría que haber separado cobijas con tantos políticos que lo ayudaron a llegar al poder y que defienden, precisamente, los intereses de las mafias!

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¡Felicitaciones a las Fuerzas Armadas! ¡Gracias por su impecable operación de rescate! ¡Bienvenidos a la libertad el general Mendieta, los coroneles Murillo y Donato y el sargento Delgado! Y a las Farc les decimos que rechazamos su barbarie y que, por ella, se han ganado el odio del país.

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