Por: Santiago Gamboa

‘Dublinesca’

NO HAY QUE SER MUY AVEZADO en letras para notar, desde las primeras páginas, que Dublinesca, de Enrique Vila-Matas, es una verdadera obra maestra.

Un libro al estilo de la gran literatura: la que se le pone de frente al toro y no escatima medios para llegar al fondo. Me llevó sólo dos días leerla y, al acabar, comprobé que había estado 48 horas pensando en los grandes temas de la vida y la literatura: la muerte, la soledad, la amistad, el amor, los viajes, el alcohol, la pérdida, la recaída, el olvido. Y más.

Me apresuro, por las dudas, a dejar claro que no soy ni mucho menos amigo cercano de Vila-Matas. He coincidido poco con él, y sólo una vez, en Budapest, pasamos una noche bebiendo en la habitación del novelista español Jesús Ferrero, en diez horas que estremecieron no al mundo sino a Johnny Walker. Pero esto fue cuando Vila-Matas bebía, bajo unas coordenadas que ya no existen. No escribo por amistad, aunque si fuera amigo cercano también lo haría. Vila-Matas hace una novela sobre el deterioro y la vejez, y una lúcida reflexión sobre la pérdida, sobre ese mundo en el que muchos nacimos y ya no existe, sobre el pasado reciente que, de pronto, se hizo humo ante nuestros ojos, se desvaneció. No sólo referido a una generación sino a toda una época, a una forma de vivir y de leer y por supuesto de escribir, que tal y como están las cosas parece tener firmado su certificado de defunción.

Por no vivir en España, la primera oportunidad que tuve de comprar Dublinesca fue en una librería-quiosco del aeropuerto de Barajas, donde viví una horrible experiencia. “Lo devolvimos porque no se vendía”, me dijo groseramente un empleado imberbe al que me dieron ganas de abofetear. Ay, ¡ese es justamente el tema de la novela! La muerte y el sepelio de la era Gutenberg, que es también la defunción de un modo de relacionarse con la literatura, de valorar lo que es importante leer y no sólo lo divertido, lo fácil. Dublinesca juzga a los editores que crearon a ese lector de hoy, omnívoro de vampiros, templarios y sábanas santas. Porque los editores literarios, dice Vila-Matas, se extinguen. Su protagonista, Samuel Riba, es uno de ellos. Todos mueren, todo se acaba, es el fin de lo bueno e importante al estilo clásico. El mundo literario de hoy, cada vez más tonto y chato, tiene poco espacio para editores de verdad e incluso para este tipo de escritores. No sé cuánta gente lea a Joyce hoy en día, pero no debe ser mucha. Y la verdad nunca ha sido mucha, pero la diferencia es que jamás libros como éste habían sido mirados con desdén y arrogancia por quienes no los leen, como el vendedor del aeropuerto. La pereza mental y la falta de cultura abrevan en novelas entretenidas que enseñan banalidades al lector, el cual, envalentonado, cree que los libros que no entiende son malos. Que todo aquello que lo aburre es malo. Es el lector monstruo creado por los editores que Vila-Matas sienta en el paredón, y por eso su personaje, el editor Riba, decidió cerrar su editorial. Es el triste futuro, qué duda cabe. Un futuro en el que, nos dice, todo lo bueno tendrá que cerrar por tiempo indefinido. Como se cierran los ataúdes.

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