Por: Arlene B. Tickner

Apuesta arriesgada

Tropical, surreal, macondiano, son tan solo tres adjetivos que vienen a la mente al tratar de describir el inesperado giro en el drama colombo-venezolano, cuyo último capítulo terminó en la reanudación de relaciones diplomáticas entre los dos países.

Aunque esta telenovela desafía cualquier intento “racional” de análisis, es posible apreciar en ella una lógica propia cuyo desentrañamiento da luces sobre lo que puede esperarse en sus próximas entregas.

¿Cómo interpretar las denuncias sobre la presencia de la guerrilla en territorio venezolano en la OEA y las demandas ante la Corte Penal Internacional y la Corte Interamericana de Derechos Humanos tan solo unos días antes de terminar labores el gobierno Uribe? Es improbable que el ex presidente, en un gesto inusitado de benevolencia y desinterés, haya querido abonarle el camino a su sucesor, creando la ilusión de un giro de 180 grados en lo que a Venezuela se refiere. Además, ser querido con quienes piensen distinto nunca ha sido atributo suyo. La molestia de Uribe con algunos nombramientos, pronunciamientos sobre temas como la justicia, la diplomacia y la corrupción, y énfasis de Juan Manuel Santos —quien parece haber relegado la política de seguridad democrática y el terrorismo a un segundo plano— quedó plasmada en su rostro y lenguaje corporal el día de la posesión.

Santos tampoco es ingenuo. Tuvo que conocer de antemano los planes para denunciar a Chávez, los cuales fueron diseñados desde el Ministerio de Defensa y presididos por Gabriel Silva, hombre de confianza del Presidente y nuevo embajador en Estados Unidos. No oponerse a la decisión de armar un bochinche con Caracas cumplió dos objetivos. Primero, permitirle a Uribe sacarse el clavo. Si quedaron dudas sobre la rencilla personal que tiene éste con  Chávez, los insultos enviados por Twitter al día siguiente de salir de la Presidencia las despejaron por completo. Segundo, y anticipándose a los hechos, marcar distancia con Uribe mediante un tono conciliador y la oferta de un diálogo directo, lo cual produjo réditos políticos inmediatos, y no sólo con Venezuela.

Chávez no se quedó atrás. La crisis económica interna, en especial problemas como la alimentación, la energía y la inseguridad, hacen que el conflicto con Colombia sea contraproducente. Y penden sobre el mandatario venezolano las elecciones legislativas de finales de septiembre, en donde se juega la posibilidad de radicalizar el proyecto bolivariano y anclarse más en el poder. Las presiones de Lula, la pareja Kirchner y sobre todo Fidel Castro para que Chávez limara tensiones con Bogotá, ayudaron a suavizar su discurso, lo cual aunque sorpresivo es explicable.

Más allá del restablecimiento formal de relaciones, cuya importancia no hay que subestimar, el camino para lograr un mínimo de normalidad y confianza es todavía largo. La velocidad con la cual Santos y Chávez decidieron reunirse constituye una apuesta arriesgada. No inician el diálogo sobre una página en blanco, sino una historia de agravios mutuos considerables. Hasta qué punto el pragmatismo se sobreponga a los rencores del pasado depende de la despersonalización de la relación bilateral y la reactivación de mecanismos institucionales de vecindad que fueron abandonándose durante la última década.

De forma similar a lo ocurrido a finales de los ochenta, cuando los presidentes Barco y Pérez acordaron poner fin a las tensiones existentes entre sus dos países mediante la creación de instrumentos de cooperación e integración, la Declaración de Principios que firmaron ayer los gobiernos de Colombia y Venezuela establece un sugestivo borrador de hoja de ruta cuyo desarrollo exitoso dependerá de la creación de objetivos, pasos específicos a seguir y mecanismos explícitos de verificación.

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