Opinión |7 Sep 2010 - 9:54 pm
Los miserables
Por: Felipe Restrepo Pombo
El problema es que los medios han prolongado esta historia más de lo debido: se han dedicado, sin ningún escrúpulo, a explotarla.
NUESTROS MEDIOS ESTÁN PLAGAdos de políticos, hombres poderosos, mujeres voluptuosas y futbolistas. Pocas veces vemos caras diferentes. Como me dijo alguna vez un periodista experimentado: la única opción que tienen los otros —es decir: la gente común y corriente— de ser noticia, es la catástrofe. Sin desastre, la mayoría de la población, me dijo, no existe. Cuando la tragedia golpea a su puerta, por lo general viene acompañada de cámaras y micrófonos. Y, sobre todo, si su desgracia vende bien.
El miserable de turno se llama Jorge Andrés Pulido. El niño, de apenas cinco años, que sufrió un horrendo accidente en las escaleras eléctricas de Unicentro y perdió tres dedos de un pie. Todos conocemos su drama: los periódicos, programas de radio y noticieros lo han repetido ad nauseam en las últimas semanas. De hecho, su cubrimiento ha sido tan intenso que los rapaces propietarios del centro comercial se vieron obligados a emitir comunicados y a aceptar públicamente su total responsabilidad. Lo que está muy bien, por cierto: gracias a esta presión, el niño y su familia recibirán una justa indemnización. Todos esperamos que se cure pronto y que salga adelante, a pesar de todo.
Así, convirtieron el niño en una víctima doble: del accidente y de la vulgar exposición de su tragedia. Ni siquiera es amarillismo puro, es apenas un remedo solapado. Nunca nos han mostrado la sangre ni los dedos cercenados. En cambio publican imágenes en sepia, con música triste de fondo —imagino al director de cualquier noticiero pidiéndole a su productor que “ponga una música clásica bien deprimente”— y lo llaman, con una ternura fingida, “El pequeño Jorge Andrés”.
En los noticieros está de moda tener reporteros dedicados a buscar historias truculentas y a explorar en la herida de los afectados. En radio pasa lo mismo: incluso hay una popular estación que tiene una sección llamada “soluciones”, en la que obligan a los oyentes a contar sus miserias al aire, para luego ayudarlos.
El público, por supuesto, también disfruta de esta ceremonia. A muchos les gusta comprobar que hay alguien que la está pasando peor que ellos; que no están solos en medio de sus pequeñas desgracias cotidianas. Otros, tal vez, buscan la tranquilidad: cumplen una pequeña cuota de piedad y eso los hace sentir mejores personas. Lo curioso es que los tienen sin cuidado los millones de desplazados que hay en Colombia —entre los cuales, debo decirlo, hay varios miles de niños—, las víctimas de las masacres o los mutilados por las minas antipersonales.
Hace poco vi una entrevista en la que el escritor Christopher Hitchens confesaba que sufría de un cáncer terminal. Contaba, ante las cámaras, su doloroso proceso: hablaba del miedo, de la quimioterapia, del vómito y la diarrea, de la tristeza de su familia y de la inminencia de su muerte. Todo en un tono calmado, sin imágenes en sepia o música triste de fondo. Me llamó la atención su serenidad y me hizo reflexionar sobre la privacidad del dolor. Su confesión no era un espectáculo amarillista —a diferencia de los que nos tienen acostumbrados algunos medios en Colombia—, ni banalizaba su experiencia. Era una manera de recordarnos que no hay que temerle al sufrimiento.
Twitter: @felres
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