Por: Julio César Londoño

Un peruano con suerte

ES DISCUTIBLE QUE VARGAS LLOSA sea un gran escritor. Lo innegable es que tiene una suerte enorme.

No todo el mundo nace bello, rico y talentoso. Y no todo el mundo escribe a los 29 años La ciudad y los perros, una novela muy legible, escrita por un muchacho, sobre muchachos (los internos de un colegio militar) y para muchachos. Por eso nadie la lee hoy, ni siquiera los muchachos.

Ha tenido la fortuna de cometer incesto por lo menos dos veces (¡qué envidia!) y de surfear en la cresta de tres olas concurrentes: el boom latinoamericano, la fiebre mundial de la izquierda (a la que le sacó todo el jugo posible) y la afición europea por todo lo latinoamericano, desde libros hasta música folclórica, marihuana y artesanías.

Ha incursionado en todos los géneros con un éxito muy superior a la calidad de sus libros. Su teatro es más jarto que el teatro promedio. A pesar de que nadie lo ha leído, o tal vez por eso mismo, su libro de crítica, García Márquez, historia de un deicidio, es famosísimo. A Emir Rodríguez Monegal le dijo, sin temblarle la voz, que Tirant lo blanc era mejor que el Quijote.

Su único libro de cuentos, Los jefes, no le gusta ni a él, hasta el punto de que siempre se ha negado a reeditarlo.

Sus novelas fallan en la forma y en el contenido. En la forma, porque su prosa es gris incluso en los pasajes más pretenciosos: “Todos daban por descontado que Javier se graduaría con una tesis brillante, sería un catedrático brillante y un poeta o crítico igualmente brillante”. (La tía Julia y el escribidor, Seix Barral, 1997, p. 19). Difícil ser más opaco. Que se sepa, nadie ha encontrado hasta ahora en sus siete mil páginas un giro que nos sorprenda, un hallazgo verbal, una idea inteligente. Pero la mejor prueba de su fracaso es que no ha sido capaz de crear, luego de 16 novelas, un solo personaje memorable.

En sus contenidos hay demasiado sexo y política; y la política, se sabe, puede ser parte de la escenografía de una novela, no la protagonista, como sucede en casi todos sus libros. Hay que reconocer que el hombre nunca incurre en el panfleto (siempre decanta el asunto con una destreza casi tan buena como la que exhibe la Canción de Solentiname, de Cortázar) y que encontró una fórmula irresistible: socialismo, sociología, historia y sexo, literariamente adobados.

Varios críticos han señalado su obsesión por la palabra verga y quizá por la “cosa en sí”, como diría Kant, pero en realidad este es un vocablo pertinente en la literatura erótica porque pene y falo son sustantivos asaz flácidos.

El sexo es un tema novelístico, claro, pero V. Llosa es tan reiterativo que lo banaliza; lo agota. Se parece mucho a Alberto, ese “muchacho bien” de La ciudad y los perros que podía escribir un relato pornográfico diario para consumo interno de los cadetes del colegio militar.

¿Merecía el Nobel el peruano? La pregunta admite varias respuestas. Si consideramos que Murakami estaba entre los candidatos, hay que decir que V. Llosa volvió a tener suerte. Si nos atenemos al consenso de los hombres de letras, entonces fue merecidísimo. Si recordamos que lo han recibido Echegaray, Le Clezio y Elfriede Jelinek, entonces el Nobel es indigno de V. Llosa. Pero si recordamos que nunca lo recibieron Joyce, Kafka, Proust, Conrad, Tolstoi, Rilke ni Henry James, entonces, hay que decirlo, el hombre merecía la Orden Fujimori o la Cruz de Boyacá… ¡o ambas!

De buenas el hombre, qué duda cabe, pero también de malas porque compartir siglo y vecindario con Borges, Rulfo, Gabo y Neruda es el colmo de la mala pata. Por eso, por éstos, Marito siempre será, pese al Nobel, a su gloria y a sus grandes tirajes, un escritor de segunda fila del hemisferio austral.

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