Por: Armando Montenegro

Un tren sin educación

LA EDUCACIÓN DESAPARECIÓ DE LAS prioridades públicas. El capital humano no es una de las locomotoras que, supuestamente, va a arrastrar a la economía colombiana en las próximas décadas.

Da la impresión de que, por haber tenido una excelente ministra durante ocho años y haber alcanzado unas cuantas cifras favorables en materia de cobertura, nos convencimos de que el problema educativo se había solucionado.

Colombia no está sola en su arrogante complacencia con lo malo y lo mediocre. Andrés Oppenheimer cita un escrito del BID en el que se señala que los latinoamericanos, en contra de toda evidencia, creen que cuentan con una buena educación pública, mejor, incluso, que la de los países avanzados (ver IDEA en www.iadb.org/publications). En Colombia, en particular, la satisfacción con la educación pública es mayor que en Japón y Estados Unidos. ¡Qué embuste!

Oppenheimer recuerda que Bill Gates le dijo que la clave del éxito educativo de China e India es su humildad, además de cierta dosis de paranoia. Es necesario tener plena consciencia del atraso, de la enorme ventaja de los competidores, para impulsar, con urgencia, un gran cambio en materia educativa.

En lugar de la autocomplacencia, la realidad de la situación colombiana justifica la preocupación y el activismo. Los datos de los millones de alumnos que van a la escuela, los miles de metros de aulas construidas, los billones de pesos que se giran a todas partes, esconden un hecho incuestionable: los niños de Colombia aprenden muy poco. Los exámenes nacionales e internacionales muestran que no entienden lo que leen, que no pueden realizar las operaciones matemáticas más elementales, que los rudimentos de la ciencia están por fuera de su alcance. Pierden miserablemente su tiempo.

En Estados Unidos, en cambio, desde hace rato hay una gran discusión sobre la calidad de su educación. En ella, con cifras, estudios y modelos alternativos, participan académicos, columnistas, políticos y ONG. Uno de los hitos recientes de ese debate ha sido la película Esperando a Supermán, donde se denuncia el caos del sistema educativo público de ese país.

En su interesante blog, Jesús Silva-Herzog Márquez ha insistido en la relevancia de esta película para México: “Los reportes internacionales son contundentes. No hay más que leerlos para darse cuenta del fraude que se comete todos los días contra México. Nuestro sistema educativo engaña a diario a millones de niños, a millones de familias en el país que confían en la educación como plataforma para forjar futuro”.

Al lado de la complacencia y la parálisis, en Colombia se ha generalizado, como si fuera la panacea, la idea de que la solución es construir colegios. Los políticos han optado por esta vía, un esfuerzo necesario pero no suficiente para mejorar la educación, porque les permite otorgar contratos, hacer inauguraciones y, ante todo, evadir el reto de tratar de mejorar la calidad. Esto es difícil, hay que pensar, toma tiempo y, sobre todo, no da votos.

La esperanza es que el distinguido equipo de profesionales del nuevo gobierno, que entiende bien la importancia del capital humano, amplíe su retórica ferroviaria y presente una gran reforma de la calidad de la educación como parte central de su Plan de Desarrollo, como un elemento esencial del crecimiento y la equidad. Este es un tema que el país no puede ignorar.

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