Por: Lorenzo Acosta Valencia

La noche de Pedro Acosta

HACE UNA DÉCADA FALLECIÓ PE-dro Acosta Borrero, intérprete singular de la política colombiana del siglo XX y ciudadano expectante ante el nuevo milenio. Que estas líneas representen la vigencia de sus heterodoxias.

En su calidad de periodista, ejerció el oficio de reseñar los sucesos de la nación como cronista y comentarista en economía y política de El Liberal, El Espectador, El Tiempo y Lecturas Dominicales, Cromos, La Calle, Gaceta y El Heraldo de Barranquilla. Sus dotes periodísticas también se manifestaron a través de sus programas culturales para la Radio Nacional, y del medio televisivo, como director de Telenoticias y Diariovisión, primero en su género, y documentalista con la serie Nuestros Recursos de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, a la que estuvo vinculado como docente y como fundador y editor de las revistas Mutis y La Tadeo.

Así profesó su fe en el ejercicio de la ciudadanía, cuando el Frente Nacional dio lugar al inconformismo de una “generación del estado de sitio” excluida de la política por el reparto burocrático y la alternancia presidencial. La historia y la crítica literaria fueron las fuentes que trató en diversos ensayos: la Ilustración neogranadina y las revoluciones; la opresión regeneradora; el bipartidismo y el surgimiento del socialismo; las generaciones del Centenario y los Nuevos; el reformismo y las violencias... Las heterodoxias de Pedro Acosta, magistralmente condensadas en sus obras López Pumarejo en marcha hacia su revolución (2006) y Aproximación a una biografía del MRL (1998), abordaron estos temas desde el credo de la confrontación ideológica y el liberalismo como partido popular para dar continuidad a los principios de la Revolución en Marcha.

Su sentido crítico se expresó también en la novela. Su técnica narrativa rompe con las cronologías y las progresiones dramáticas de los personajes para simbolizar el divorcio entre lo social y lo político, en ensayos penetrantes sobre los vicios del poder que se pretende perpetuo y las limitaciones de la naciente insurgencia. El Cadáver del Cid (1965) representa la violencia conservadora y el primer gobierno del Frente Nacional por relatos fragmentarios —como el horror y la memoria nacionales— de la matanza de Perales y el llamado a la revolución. La Noche de Cristo (1991) enmarca ese drama en una historia que reproduce el trauma del choque entre el Nuevo y el Viejo Mundo: “volvería a prolongarse cada vez que el rictus de la muerte arañara las facciones de un joven […] perpetuado por otra rebeldía quimérica”.

Sentencia el mariscal de la novela: “cuando la paz leguleya se acaba, debe establecerse la pax romana”. Estas líneas se escriben desde la ya larga noche de Pedro Acosta, que es también la de una ciudadanía estupefacta ante el surgimiento de la nueva cultura del estado de sitio. En ella, bien haríamos en recordar que “la guerra es sangre, sólo sangre; y que no deben quedar muertos sin dejar siquiera una cruz sobre la tierra”.

 

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