Por: Ana María Cano Posada

Los doce del patíbulo

CARENTES DE UNA CONVICCIÓN SObre lo que somos, vamos en busca de espejos inusitados.

Así pasó con la invitación que a Colombia hizo Francia para la celebración anual de Les Belles Étrangères, una inmersión en la literatura de una nación escogida cada vez. Y empezó la trifulca. Las discusiones nacieron en el seno mismo de los invitados, doce escritores escogidos por Annie Morvan, la consejera literaria de la organización. Ella optó, con el criterio de lo sucedido después de Macondo, por: Tomás González, Evelio Rosero, Antonio Caballero, William Ospina, Jorge Franco, Juan Manuel Roca, Fernando Vallejo, Antonio Ungar, Juan Gabriel Vásquez, Héctor Abad, Santiago Gamboa y Gonzalo Sánchez, este último, historiador, por encabezar la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, que en Colombia busca recomponer lo que ha roto la violencia.

El punto de quiebre entre los autores fue que, aunque en sus obras está mencionada de alguna forma la guerra, no todos ellos aceptaron que el documental con el que en Francia y Bélgica presentaron al país, tuviera ese enfoque exclusivo. Por clasificar a Colombia como país de violencia, los escritores debieron explicar frente a todos los públicos de bibliotecas, librerías, universidades, qué pasa aquí, cómo y desde cuándo. Y, aclara el profesor Daniel Pècaut, del Centro de Altos Estudios Sociales de París, los escritores no son los llamados a definir cuál es la realidad colombiana, porque su tarea artística es la de encontrar diversas miradas.

Ya de entrada se hizo confusa la función de esta delegación: no era una representación oficial del país ni tenían como misión “hacer quedar bien”, sino mostrar la complejidad y el significado que tiene la literatura colombiana. Y la siguiente discusión se dio en torno a por qué no hubo mujeres en el grupo. Y la explicación fácil fue que no había sido traducida al francés ninguna, aparte de Laura Restrepo, quien no fue “por motivos personales”. No explicaron cuáles motivos. Quedó este vacío de que no estuvieran allí Piedad Bonnett, Yolanda Reyes, Fanny Buitrago y otras, porque era una versión del país de un solo género.

El recuento de cuántos escritores importantes quedaron por fuera de los del encuentro francés, ha sido objeto de foros, y por motivos como la intransigencia colombiana, la envidia nacional y la obsesión de encontrarnos representados en algo, no se admite la validez de airear el país aparte de imágenes institucionales, de esfuerzos diplomáticos, de mercadotecnia o de la extendida imagen global de ser uno de los países más violentos. No es posible llegar a la identidad que busca compulsivamente el país oponiéndose a las miradas que vienen desde afuera, lo cual revela qué tan lejos estamos de reconocernos en los fragmentos de lo que somos, que andan dispersos por ahí. El arte y la literatura realizan ese paciente trabajo, pero el resultado no es un retrato nacional de cuerpo entero, estático y eterno, sino una mutable visión de lo que vamos siendo o lo que estamos dejando de ser. Algo que resulta insoportable para ansiosos de la identidad, nostálgicos de la idea de patria y otras militancias.

Si estuviéramos interesados de verdad en conocernos un poco, ampliaríamos aquí en Colombia esta discusión que se dio en Europa, con esos doce escritores y con una bancada de los que no fueron invitados, en especial con las no invitadas, para mirar hasta dónde la guerra ha tomado el lugar de lo que somos, sin que ninguna otra imaginación nos llegue cuando pensamos en nosotros mismos.

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