Por: Reinaldo Spitaletta

El moderno Tomás Carrasquilla

¿Cuándo comienza la modernidad literaria en Colombia? Habrá, por supuesto, que seguir investigando y discutiendo, pero por el momento uno podría decir que esta categoría (lo mismo que la “independencia literaria”) comienza a evidenciarse en las obras de Tomás Carrasquilla. Y no es de poca monta el asunto.

Está conectado con una ruptura (por ejemplo, del francesismo), con el descubrimiento de lo que puede denominarse como el ser colombiano. En este caso, el ser antioqueño.

El colombiano, en muchos aspectos, ha sufrido aquello que de modo lúcido analizó el pensador Fernando González: el complejo de inferioridad, aupado, en el siglo XIX, por el eurocentrismo y, más tarde, por la política exterior estadounidense, que comienza a cometer desastres desde 1903, con la segregación de Panamá, con el vaquero Teddy Roosevelt.

Después de la Independencia, las élites colombianas no produjeron nada propio. Todo fue prestado, copiado, imitado, como parte, también, del complejo de bastardía. Las puestas en escena de las nuevas clases que van erigiendo la República, son parte de un ejercicio de simulacros, de la difusión de ideas ajenas. Es la prolongación de la colonización mental. Se llegó a decir, o al menos, sugerir, que el trópico era impropio para el pensamiento y la creación. Y que la mezcla de razas no producía cultura.

De acuerdo con el envigadeño, la cultura era el desnudamiento. Abandonar las simulaciones.  Autoexpresarse. Para las élites decimonónicas, la cultura popular (si era que la tenían en cuenta, aunque fuera para desconocerla) hedía a pobre, a desharrapado. La distinción estaba en imitar el chic francés. Era una clase dirigente de esnobistas. Lo que valía era lo de afuera. Nada de lo que no estuviera atravesado por el eurocentrismo, valía la pena.

Se estaba construyendo un país que avergonzaba al negro, al indio, pero igual al mestizo o al blanco sin genealogías de oro y títulos nobiliarios (que se conseguían, precisamente, con el oro). O como diría el desaparecido periodista Fernando Garavito: “un país que juega al tute y hace trampa”. Entonces emergieron unos sectores que se fueron perpetuando  en el poder, mediante exclusivos clubes oligárquicos de “bien nacidos”.

Sin embargo, en literatura ya había un antecedente de independencia y expresión propia desde 1867, cuando se publica María, de Jorge Isaacs, que puede decirse asume la última utopía liberal en Colombia: la convivencia idílica entre amos y esclavos, pero va  a ser con las novelas y cuentos de Carrasquilla cuando se inicia la entrada en la modernidad.

El escritor, que lee  en profundidad la sociedad de su tiempo, va pintando los arribismos, las exclusiones, la formación de nuevos ricos y, sobre todo, la vanidad de las imposturas, la apariencia de los simuladores. En sus obras no sólo surgen prototipos humanos, sino el espíritu de lo popular. Es un desenmascarador. Su literatura (por ejemplo, en Frutos de mi tierra, Grandeza, Ligia Cruz, La marquesa de Yolombó), desnuda las pobrezas espirituales y físicas, la avaricia, los modos del enriquecimiento.

Una de sus virtudes consiste en la capacidad para crear un  pueblo. Para incluir la cultura de los vencidos, su lenguaje, sus dichos, sus ropajes, sus maneras de celebración, en fin, en la literatura.  Es, a su vez, una especie de historiador de las mentalidades y las costumbres. Muestra al indio, al liberto, al negro, al cura, a los de arriba, a  los posudos y pretenciosos… Pero también la  fiesta, las creencias, la ciudad.

Después de la muerte del Ánima Sola, la literatura colombiana se enriquecerá, por ejemplo, con los aportes magníficos de los narradores de la Costa atlántica, con Cepeda Samudio y García Márquez, con las técnicas aprendidas de escritores norteamericanos como Faulkner, Hemingway, Steinbeck, Dos Passos, etc.  Ya habían quedado muy atrás los gramáticos bogotanos. Ya se trasegaba por nuevos tiempos de desnudamientos y búsquedas, pero  también de encuentros.

Entonces, me parece, que antes de los de La Cueva barranquillera, antes de los aciertos intelectuales de la revista Mito, la literatura colombiana comenzó a ser libre y auténtica con las obras de Tomás Carrasquilla.

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