Por: Ana María Cano Posada

Deficiencia crónica

CRÓNICA ES LA FORMA DE CONTAR que puede darse silvestre en Colombia donde los temas abundan y donde somos crónicos en tantos sentidos. Pero no es usual encontrar en medios escritos y electrónicos quién cuente con detalle algo que logre producirnos agrado, interés y comprensión sobre el tema. Es rara esta esencia de contar, hoy cuando otros medios como el Facebook en internet , o el boca a boca del celular, o la vida privada mostrada en emisiones en directo, ocupan el lugar de la comidilla social.

Crónica en estado puro como la de Luis Tejada en El Espectador, no subsiste hoy. El supuesto del apetito de consumo inmediato aleja a cronistas y lectores de la decantación de la crónica. Su ausencia es asunto de tiempo y de recursos, porque se necesita del cronista consagrarse a buscar la historia hasta conseguir todos los elementos, pero también el medio estar dispuesto a concederles espacio a estos productos más elaborados. Porque la crónica, a diferencia del hecho que se despacha rápido en qué pasó y quién lo dijo, supone recorrer un lugar, unas circunstancias y descubrir los protagonistas hasta armar una historia que nace cuando es reunida y contada.

Deben añadírsele condimentos a la crónica para encontrarle ahora espacio en el reñido mercado de la atención mediática. El escándalo, que produce el interés más primitivo, como el del papá austríaco que mantuvo a su hija violada durante 24 años. O la entretención, para narrar lo salido de la norma. Y la denuncia es otro manido ropaje para volverla defensa populista.

Soho, revista que cultiva crónicas y reportajes tras el gancho del desnudo y el porno suave, acude al recurso de simular inmersiones en mundos que hacen parecer a quien escribe como si los hubiera vivido. Un agotable filón.

Y crónicas busca Pirry, un reportero televisivo osado al que le han entregado por fin en RCN la noche del domingo para que toque fibras sensibles con desparpajo: la heroína, Garavito el pederasta, los desplazados o la diplomacia de la guerrilla en Europa. También les queda el libro a cronistas que reconstruyen historias.

En la última Feria del Libro en Bogotá se reunieron de este continente cronistas que miraron cómo hacían su trabajo, a la zaga de lo que pasa. Ahora son muchos y emprenden su camino al amparo de revistas que han cultivado el largo aliento al buscar historias, sintonizar lectores, romper la dictadura de actualidad que atrapa a los medios masivos. Gatopardo, Etiqueta Negra, Soho, El Malpensante, Donjuán y otras, son la nueva vía para ese género que antes poblaba los diarios.

Ahora los nuevos cronistas necesitan buscar con lupa su propio espacio y método, una libertad subjetiva de elaborar temas y tratamientos para darles sello propio, en territorios no molidos por la actualidad. Martín Caparrós en Argentina, Juan Villoro en México o Julio Villanueva Chang en Perú, de esta generación, no tratan de coleccionar rarezas sino de suministrar artículos de primera necesidad porque sin la reconstrucción que hace la crónica es difícil que pueda tenerse una memoria de lo que pasa. Más aún donde los acontecimientos se sepultan unos a otros. Pero los esfuerzos particulares por producir una corriente de producción no logran el alcance que pudo tener en el siglo XIX un género como el melodrama como expresión colectiva. Como relato común.

Recuperar la manera de contar, materia oral diaria y de la adicción a nuevos usos como Facebook o el celular, es campo abierto para crónicas no emprendidas. La deficiencia crónica de oponernos al tableteo informativo con una enorme necesidad de sabernos contados.

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