Opinión| 12 Jun 2008 - 10:04 pm

Juan Villoro

Nada grave

El señor Nakamura

Por: Juan Villoro
Entre los casos reales que Paul Auster recogió en su programa radiofónico, sorprende el de una gallina con suficiente sentido de la orientación para regresar por su cuenta a su casa.

El mérito de esta gallina es considerable. Las especies migratorias atraviesan el cielo con una precisión que nunca alcanzará la aviación civil. Según me contó Guillermo Arriaga, escritor que en sus ratos libres perfecciona sus conocimientos de cacería, los gansos son muy severos con el líder de la parvada. Antes de bajar a una laguna, el líder sobrevuela la región y decide si es conveniente establecerse ahí. En caso de que se equivoque, es expulsado para siempre de la comunidad.

Resulta notable que un ave de corral, del todo ajena a las exigencias de un ganso canadiense, encuentre su camino en el tráfico urbano.

Hay quienes siguen las coordenadas del exterior y quienes usan conceptos para llegar a la meta. La segunda opción es más difícil, sobre todo para las aves. ¿Puede un pájaro describir dónde vive? Fue lo que ocurrió hace unos días, en las abigarradas calles de Tokio.

El agente Shinjiro Uemura patrullaba su zona cuando se topó con un loro, especie poco común en Tokio. La sorpresa del encuentro aumentó con lo que dijo el animal: “Soy el señor Yosuke Nakamura”. Aquello parecía una novela de Murakami. Tanta formalidad hacía suponer a un humano atrapado en el cuerpo del animal.

El agente decidió resolver el misterio en la comisaría. Ahí, el visitante entró en confianza y cantó canciones japonesas. Luego repitió su nombre: era el señor Nakamura. “Le hablé, traté de ser su amigo, pero me ignoró olímpicamente”, dijo Uemura. El loro sólo se interesaba en agotar su repertorio. Entre canción y canción, pronunció el nombre de una calle. La policía descubrió que ahí vivía Yosuke Nakamura. Le preguntaron si había perdido un loro. En un cuento la respuesta sería negativa. Sin embargo, la realidad no es menos rara. El loro se había convertido en el espejo de su dueño. ¿Cuál de los dos resulta más real? Para nosotros, Nakamura existe por su mascota.

En Nueva York, una gallina aprendió a volver a casa. En Tokio, un hombre quiso ser un loro que volvía a casa. Los animales desconciertan.

  • Juan Villoro

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Opinión por:

fernando uribe

13 Junio 2008 - 8:32am
que paradoja tan real me llamo mucho la atencion por q su moraleja es muy explicita vemos la necesidad del hombre por relacionarce es muy similar a la de los animales se ve rreflejada en la capacidad de reci¡ordar quienes somos adonde vamos y de donde venimos.
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