Opinión| 22 Jun 2008 - 6:34 pm

Cartas de nuestros lectores

Ensayos y servidumbre

Por: Cartas de nuestros lectores
Afirma con certeza el historiador Melo (El Espectador, junio 20, 2008) que Montaigne mantuvo una relación distante con la política.

No hay que olvidar de todas formas que Montaigne llegó a ser magistrado de su ciudad, y durante mucho tiempo. Hablamos de Burdeos. Vale la pena agregar, además de los atributos que señala Melo, que Montaigne tuvo el buen tino de apoyar y editar la obra de su amigo Etienne de la Boétie, célebre escritor de La servidumbre voluntaria, donde está muy bien planteada la que será después “la piedra filosofal” de la Ética de Spinoza: ¿qué es lo que impulsa a los hombres a buscar y perserverar en su esclavitud y a luchar por ella como si fuera su libertad?

En la preocupación ética de autores como Montaigne y Spinoza hay toda una concepción política de la vida. De esta forma, pues, la distancia con el poder no significa, de ninguna manera, apatía o desprecio frente a la comunidad, sino más bien, el deseo de pensar lo político por fuera de las presiones coyunturales de dicho oficio.

Ojalá El Espectador continúe con la idea de publicar un ensayo central todos los viernes, alrededor de temas culturales que tienen que ver con educación y política.

Alberto Bejarano. Bogotá.

Quebrada Blanca II

A muchos llaneros les causará curiosidad el título de la presente nota… Y no sólo curiosidad. Como unos autómatas, devolverán sus mentes 34 años atrás para la ingrata recordación del desastre ocurrido en la vía al Llano el  28 de julio de 1974 cuando en el sitio conocido como “Quebrada Blanca”, toneladas de piedras, lodo y agua arrasaron todo lo que encontraron a su paso en una longitud de por lo menos un kilómetro sobre la bancada de la carretera que conducía de Villavicencio a Bogotá.

La semana pasada tuve que transitar nuevamente por esa misma carretera en el sentido Bogotá-Villavicencio. Pocos minutos después de cruzar el límite entre los departamentos de Cundinamarca y Meta, a escasos diez kilómetros de Quebrada Blanca, el bus se detuvo por culpa del trancón. Como sabía que el trancón demoraba, le dije al chofer del bus que yo caminaría carretera abajo y que por favor me recogiera a la vera del camino.

Pude observar la imponente montaña al lado izquierdo de la carretera, herida desde sus entrañas, dejando escapar un oscuro chorro de agua y lodo que desafiante atravesaba la carretera para desembocar rauda en el abismo de más de 400 metros que lo conduciría hasta las crecidas aguas del Río Negro. Los vehículos que subían, como si quisieran desafiar la montaña, salpicaban de agua y lodo ambos costados de la vía.

Dios quiera que esta nota sea leída por el Ministerio de Transporte, el Invías y Coviandes,  para que tomen cartas en el asunto y mis pesimistas predicciones resulten equivocadas; y así no tener que inaugurar dentro de algunos años un moderno viaducto en el sitio que lleve como nombre “Viaducto Andrés Uriel Gallego”. Así como uno de los modernos túneles de la vía al Llano lleva paradójicamente el nombre de Argelino Durán Quintero,  Ministro de Obras Públicas, cuando la tragedia de Quebrada Blanca.

Luis Carlos Manjarrés Ariza.  Bogotá.

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