Por: Julio César Londoño

Proyecto Piel

HACE DOS AÑOS EN UNA REUNIÓN de amigos alguien llamó la atención sobre la falta que hacía una buena palabra para reemplazar el desastroso verbo “cagar”. “Defecar” no es menos maloliente, “dar del cuerpo” es ridículo y “hacer popis” es infantil. Orinar, en cambio, puede ser un acto poético: “Qué no daría por oírte orinar ahora en el fondo del patio, y escuchar otra vez la música de esa miel delgada, trémula, argentina, obstinada…” (El tango del viudo, Pablo Neruda).

Entonces se me ocurrió pensar que si alguien tuviera la banda sonora de una micción genuina de Marilyn Monroe, digamos, valdría una fortuna. Rescatar esa reliquia pagana no es imposible. Como nada se destruye, apenas se atenúa, en este momento hay en la atmósfera ecos de la voz de Sócrates, jirones de música maya y efluvios del perfume de Cleopatra, y en los mares moléculas del vino de Caná y moléculas de la miel delgada de Marilyn.

Así fue naciendo una colección a la que añadí el olor de la lavanda y el tilo, el de las feromonas, el miedo y la tormenta; colores inéditos; sonidos inéditos (una bala perforando un cráneo); un manto tan leve que si resbalara de los hombros de su dueña tardara años en caer; o las geishas shibumi, cuyos masajes son indistinguibles de las caricias de las brisa; o las canciones de los oblaná, cuyas “líneas de canto” marcan el territorio en las praderas de Australia; o el cono de Tlon, Uqbar, orbis tertius, pequeño como un dedal y pesado como una pena.

Después aparecieron Lina y Manuel, una pareja que fue muy feliz hasta que la desgracia les aguó la fiesta: les nació un hijo autista. Desesperados por romper el muro, Lina y Manuel ensayan los mil y un estímulos que sólo el amor puede explorar, hasta que un día echan mano de mi colección e inventan el juguete más extraordinario concebido jamás por una mente humana.

Es algo tan poderoso que puede convertirse en un negocio redondo, o hacer de la educación una fiesta, o darle un norte a la azarosa empresa de la evolución, o enseñarnos secretos de ese viejo compañero del alma, el cuerpo, o mutar en un engendro pérfido, un laboratorio de observación de las reacciones humanas, un ingenio que, de caer en manos de los publicistas, serviría para manipular la conciencia de la masa como si fuera plastilina. Algo, en síntesis, que puede resumir todo el bien o multiplicar todo el mal que guarda el alma del animal semidivino que somos.

La empresa no es fácil, claro. Para concretarla, un grupo de intelectuales e inversionistas hará cálculos que involucran el arte, la arquitectura, la ciencia y las religiones, y llegarán a conclusiones sorprendentes. Descubrirán, p.ej., que el científico y el brujo se parecen: ambos explican fenómenos visibles por medio de fuerzas invisibles.

Sí, adivinó usted, el juego se me volvió novela (nada bueno podía salir de una conversación sobre las heces). Sin embargo, y como los dioses son generosos a veces, Proyecto Piel ha recibido buenos comentarios:

“La novela que deberían darnos a todos al llegar a este mundo”. William Ospina.

“Si tiene que madrugar mañana, no la abra esta noche”. Eduardo Escobar.

“No es una novela, es una máquina de estimulación del pensamiento”. Nahum Montt. 

Pero no me dejaré marear por el éxito. Ésta será mi primera y última novela porque el género me antipatiza. Las novelas son monumentos al ripio, su peso me abruma, su hojarasca me embroma, y me deprime esa prosa plana y desangelada que los novelistas estilan. Estoy exhausto. Vuelvo al cuento: esencial, ingenioso, breve, cortés, civilizado.

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