Opinión |10 Ago 2008 - 5:47 pm
¿Qué es la verdad?
Por: Lorenzo Madrigal
ESTA PREGUNTA DEL PROCURADOR al interrogado más ilustre del mundo contiene, sin duda, un sentido filosófico, al tiempo que un tremendo enigma religioso. Más, cuando el reo del tumulto había precedido con la afirmación: “… Yo para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”.
Todo un misterio insondable. Pero la verdad para profanos bien podría ser, de muchas definiciones, un ajustarse de las palabras a los hechos, como también la concordancia de las acciones con las intenciones.
Actuar con la verdad es propio de personas confiables. Faltar a ella por una sola vez destruye toda credibilidad. En absoluto, toda. Una vez que aparezca en falso un símbolo humanitario, por ejemplo el de la Cruz Roja, se entorpece la acción del organismo, que es tabla de salvación para los involucrados en cualquier guerra. Defensores a ultranza de las acciones oficiales afirman de soslayo que dicho signo es también usado para la venta de navajas suizas.
Cuando se pensó, con admirable osadía, en rescatar a Íngrid y acompañantes, no se reparó en los restantes secuestrados, atrapados en la selva, sin que resulte fácil en adelante la intervención en su favor por parte del organismo humanitario por excelencia.
La Cruz Roja Internacional no es un mero burladero. Aunque ella siga incólume, como que no originó el engaño, queda, sin duda, afectada por la falsificación de sus símbolos.
Que la guerra se haya hecho siempre mediante engaños, hay que reconocerlo. La guerra es un desorden humano. Engaño fue Pearl Harbor; engaños fueron los vuelos comerciales de Ben Laden; engaño son las minas quiebrapatas y las emboscadas; la falsa fotografía, que terminó asesinando a la familia del zar Nicolás, el juicio a una muerte segura para Ceaucescu y Helena o los honores militares a Anwar el Sadat.
Pero existen las leyes de la guerra y entre éstas las relativas a la neutralidad e inviolabilidad de las naciones y organismos no combatientes. En primer orden está la Cruz Roja, a la cual acuden los heridos, los secuestrados y los prisioneros todos o ella acude a su rescate inerme, sin distingos.
La guerra caballeresca desapareció a una con el romanticismo. Las batallas campales y abiertas de otrora, el sentido del honor y del respeto por los vencidos. Aunque también se atacaba por flancos impensados, porque la estrategia ha sido siempre, en sentido lato, un cálculo estudiado del engaño.
Pero llamar virtud a la mentira es llevar las cosas a una desproporción chistosa. Es cosa de obtusos graciosos o de José Obtusos, que sólo quieren parecerlo. El fin definitivamente no justifica los medios, pero ni siquiera los medios de comunicación más obsecuentes.
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