Opinión |11 Ene 2009 - 6:33 pm

Paul Krugman

Combatir la depresión

Por: Paul Krugman

“SI NO ACTUAMOS CON RAPIDEZ Y audacia”, declaró el presidente electo de los Estados Unidos, Barack Obama, en un reciente discurso semanal, “se podría ver una desaceleración económica más profunda que podría conducir a una tasa de desempleo de dos dígitos”. Si me preguntan, estaba subestimando el caso.

El hecho es que las cifras económicas recientes han sido aterradoras, no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Las manufacturas en particular están cayendo en picada en todas partes. Los bancos no están prestando; los negocios y los consumidores no están gastando. No nos andemos con rodeos: esto se parece demasiado al inicio de una segunda Gran Depresión.

¿Entonces, “actuaremos con rapidez y audacia” para evitar que eso suceda? Pronto lo sabremos.

Se suponía que no debíamos estar en esta situación. Durante muchos años, la mayoría de los economistas creyó que prevenir otra Gran Depresión sería fácil. En 2003, Robert Lucas, de la Universidad de Chicago, en su discurso presidencial ante la Asociación Económica Estadounidense, declaró que “se ha resuelto el problema central de la prevención de una depresión, para cualquier propósito práctico, y, de hecho, se ha solucionado durante muchas décadas”.

Milton Friedman, en particular, convenció a muchos economistas de que la Reserva Federal pudo haber detenido la Depresión en el instante con simplemente haber dado a los bancos mayor liquidez, lo que habría evitado una caída drástica en el suministro de dinero. Fue famoso que Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, se disculpara con Friedman a nombre de su institución: “Está usted en lo cierto. Lo hicimos. Lo sentimos muchísimo. Pero gracias a usted, no lo volveremos a hacer”.

No obstante, resulta que, después de todo, la prevención de las depresiones no es así de fácil. Bajo el liderazgo de Bernanke, la Reserva ha estado suministrando liquidez como si fuera el grupo de un camión de bomberos tratando de apagar un incendio demasiado grande, y dicho suministro ha estado aumentando con rapidez. No obstante, el crédito sigue siendo escaso, y la economía aún está en caída libre.

El argumento de Friedman de que la política monetaria podría haber prevenido la Gran Depresión fue un intento por refutar el análisis de John Maynard Keynes, quien decía que es inefectiva en condiciones de depresión y que la política fiscal —un déficit a gran escala por el gasto gubernamental— es necesaria para combatir el desempleo generalizado. El fracaso de la política monetaria en la crisis actual muestra que Keynes estaba en lo cierto la primera vez. Y el pensamiento keynesiano está detrás de los planes de Obama para rescatar la economía.

Sin embargo, estos planes podrían resultar ser una venta difícil.

Los artículos periodísticos dicen que los demócratas esperan aprobar un plan económico con amplio apoyo bipartidista. Buena suerte con eso.

En realidad, el posicionamiento político ya empezó, dado que los líderes republicanos están levantando bloqueos a la legislación sobre los estímulos, mientras posan como los campeones de la deliberación cuidadosa en el Congreso, lo que es bastante generoso si se considera el comportamiento de su partido en los últimos ocho años.

Más ampliamente, tras décadas de declarar que el gobierno es el problema y no la solución, por no mencionar el vilipendio contra la economía keynesiana y el Nuevo Pacto, la mayoría de los republicanos no va a aceptar la necesidad de una solución de gasto enorme, del tipo de la de Franklin Delano Roosevelt, para la crisis económica.

No obstante, el mayor problema que enfrenta el plan de Obama probablemente será la exigencia de muchos políticos de pruebas de que los beneficios del gasto público propuesto justifican sus costos, una carga de la prueba nunca impuesta a las propuestas de recortes fiscales.

Esto es un problema con el que estaba familiarizado Keynes: se tiende a tener menos objeciones cuando se da dinero, señaló, que las que hay para planes de inversión pública, “que, debido a que no son totalmente despilfarradores, se tiende a juzgarlos bajo estrictos principios ‘empresariales’ ”. Lo que se pierde en tales discusiones es el argumento clave para los estímulos económicos: me refiero a que en las condiciones actuales, un aumento en el gasto público emplearía a estadounidenses que de otra forma estarían desempleados, y dinero que de otra forma estaría ocioso, y se les pondría a ambos a trabajar produciendo algo útil.

Todo esto me provoca una inquietud respecto a los pronósticos para el plan Obama. Estoy seguro de que el Congreso aprobará un plan de estímulos, pero me preocupa que se retrase y/o se minimice. Y Obama tiene razón: realmente necesitamos actuar con rapidez y audacia.

Aquí está mi escenario de pesadilla: al Congreso le lleva meses aprobar un plan de estímulos, y la legislación que surja realmente es demasiado cautelosa. Como resultado, la economía cae en picada durante la mayor parte de 2009, y cuando finalmente se empiece la ejecución del plan, sólo es suficiente para desacelerar el descenso, no para detenerlo. Entre tanto, se establece la deflación, mientras que las empresas y los consumidores empiezan a basar sus planes de gasto en la expectativa de una economía permanentemente deprimida, bueno, se puede ver a dónde va esto.

Así es que este es nuestro momento de la verdad. ¿De hecho, haremos lo que es necesario para prevenir una Gran Depresión II?

* Premio Nobel de Economía 2008, profesor en la Universidad de Princeton y columnista habitual de ‘The New York Times’.©. 2009 - The New York Times News Service.

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