Opinión |15 Ene 2009 - 9:50 pm
Ojo a las Hojas
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Por: Juan David Correa Ulloa
Leer es un acto solitario, caprichoso, a veces hasta egoísta. Cuando se abre un libro, y se acepta el pacto con un narrador, uno podía decir que está escapando de algo.
Se está evadiendo de la rutina, de las tareas pendientes, para intentar habitar otros mundos. Hay diversos tipos de lectura. Desde las académicas, hasta las informativas. Siempre he preferido defender la lectura como un placer. Un placer solitario que nos enfrenta al olvido, pues cuando cerramos la última página de cualquier libro, nos quedamos con la sensación de que ya lo estamos olvidando.
Cuando se lee para escribir, como ha sido mi caso en estos casi cinco años, las cosas cambian un poco, aunque siempre he creído que quien lee sin emoción será un espectador sin ningún reparo; una especie de testigo mudo que no protesta, no asiente, o no se emociona. Repasando las lecturas de estos años me he dado cuenta de que este espacio ha sido una suerte de registro, de diario de lecturas —como llamó Alberto Manguel a un bello libro— que buscó, sobre todo, comentar, hacer una especie de exégesis, también caprichosa, de lo leído.
Los comentarios de prensa, son eso. Registros, apenas esbozos de lecturas que alguien hace para recomendar o no un libro. En Colombia, esos espacios han sido objeto de críticas por parte de algunos escritores que pujan por una crítica “más seria”: la crítica, a mi modo de ver, tiene un espacio en los medios casi insustancial pues se tiene la idea peregrina de que en este país nadie lee. La crítica, insisto, en los medios no es una crítica académica, ensayística, pues lo que se pretende es dar una mirada a las novedades del mercado para trazar posibles rutas de lectura. Rutas subjetivas. Rutas que, eso no se puede perder de vista, están viciadas también por un lector que, en este caso, oficia como escritor de reseñas.
Durante estos cinco años intenté comentar lo que leía. Nada más. Mi pretensión no fue, como dijo equivocadamente algún despistado escritor en tono casi pendenciero, convertirme en un pope que bendecía lo que se le daba la gana. No creo en los cánones del presente. En todo caso, el tiempo es el único juez válido para los libros que se escriben hoy. Por eso, en esta última columna, sólo quería dar las gracias a este periódico por su generoso espacio, por insistir en que los libros pueden tener un espacio cada ocho días, y en que un lector puede escribir sobre lo que lee sin erigirse como un verdugo que condena o consagra los libros con los que se tropieza.
Gracias a los lectores que fueron, no me cabe duda, los culpables de que creyera en que una columna de libros podía ser más que un resumen. Y hasta pronto.
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