Opinión |28 Ene 2009 - 10:33 pm
La antidemocracia en Gómez Dávila
Por: Tulio Elí Chinchilla
“PARA DISTRAER AL PUEBLO MIENtras lo explotan, los despotismos tontos eligen las luchas de circo, mientras que el despotismo astuto prefiere luchas electorales”.
Es uno de los cien punzantes apotegmas con que don Nicolás Gómez Dávila cuestiona la democracia (Escolios sobre un texto implícito, 2003, p. 136). Aunque reaccionario, conservador y elitista (en sentido intelectual), este pensador criollo critica el gobierno popular, no desde el totalitarismo sino desde la ironía ilustrada, a la manera de Burke o Borges: develando precariedades conceptuales en las premisas democráticas, denunciando trampas ocultas en los mecanismos de captación del favor ciudadano.
Deslegitima la democracia en cuanto expresión de pura fuerza mayoritaria sin virtud: “Voluntad general es la ficción que le permite al demócrata pretender que para inclinarse ante una mayoría hay otra razón que la del simple miedo” (p. 91). En cuanto al autoengaño manipulado: “El sufragio universal no pretende que los intereses de la mayoría triunfen, sino que la mayoría lo crea” (p. 80). Parte de su catilinaria antidemocrática proviene de un altísimo –casi utópico– ideal de gobierno: “Ley no es lo que un acto de voluntad decreta, sino lo que la inteligencia descubre” (p. 107). “La autoridad no es delegación de los hombres, sino procuración de valores” (p. 107). “El consentimiento popular es indicio de legitimidad, pero no causa. En el debate sobre la legitimidad del poder no cuentan ni su origen en el voto ni su origen en la fuerza. Legítimo es el poder que cumple el mandato que las necesidades vitales y éticas de una sociedad le confieren” (p. 108).
De allí su prevención contra los instrumentos del poder en manos de demagogos, entre otros, la calculada lisonja al sentimiento popular bajo el ropaje del lenguaje: “Quien trata de educar y no de explotar, tanto a un pueblo como a un niño, no les habla imitando a media lengua un lenguaje infantil” (p. 53). Pone en guardia sobre los riesgos de mitificar la soberanía popular y sacralizar las decisiones de la mayoría: “Los gobernantes que representan sólo una minoría tienen que inventar la civilización para no perecer. Los delegados de una mayoría, en cambio, pueden ser soeces, chabacanos, crueles, impunemente. Mientras mayor sea la mayoría que lo apoya, el gobierno es menos precavido, menos tolerante, menos respetuoso de la diversidad humana. Cuando los gobernantes se juzgan mandatarios de la humanidad entera, el terror se aproxima” (p. 117).
Pero se despista don Colacho cuando radiografía la democracia como sistema de búsqueda de verdad y razón: “Cuando una mayoría lo derrota, el verdadero demócrata no debe meramente declararse vencido, sino confesar además que no tenía razón” (p. 90). Olvida que el procedimiento democrático pretende a lo sumo construir consensos coyunturales en ausencia de verdades objetivas y nada más. En cambio acierta al condicionar la aceptabilidad del gobierno de las leyes a la existencia de contrapesos extraparlamentarios: “Estado sanamente constituido es aquel donde innúmeros obstáculos embarazan y estorban la voluntad del legislador” (p. 550).
Polemizar con Gómez Dávila y refutarlo –cuando da tiro– puede ser un placentero ejercicio intelectual de demócratas; olvidar sus aportes es otra forma de inquisición a sus inteligentes herejías reaccionarias.
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