Opinión |1 Feb 2009 - 11:42 pm

Paul Krugman

Economía de mala fe

Por: Paul Krugman

A MEDIDA QUE SE PONE EN MARcha el plan de estímulos económicos del presidente Barack Obama, hay algo seguro:

muchos de los oponentes del plan no están argumentando de buena fe. Los conservadores real pero realmente no quieren ver un segundo Pacto Nuevo, y, con toda seguridad, no quieren ver reivindicado el activismo gubernamental. Así que están buscando cualquier vara que puedan encontrar para golpear las propuestas de un incremento en el gasto gubernamental.

Algunos de estos argumentos son golpes bajos evidentes. John Boehner, el líder de la minoría en la Cámara de Representantes, ya llegó a los titulares con uno de esos golpes: al revisar un plan de 800 mil millones de dólares para reconstruir la infraestructura, sostener servicios esenciales y más, se burló de una disposición menor por la cual se expandirían los servicios de planeación familiar de Medicaid, diciendo que es un plan para “gastar cientos de millones de dólares en anticonceptivos”.

Sin embargo, los golpes bajos obvios no representan tanto peligro para los esfuerzos del gobierno de Obama para que se apruebe un plan, como los argumentos y afirmaciones que son igualmente fraudulentos, pero que pueden parecer superficialmente plausibles para quienes no manejan los conceptos y cifras económicas. Así que como un servicio público, voy a tratar de exponer la falsedad de algunos de los principales argumentos en contra de los estímulos que ya han surgido. En cualquier momento que se oiga a alguien recitar uno de estos argumentos, se le puede tachar por ser un publicista deshonesto.

Primero, el punto falaz de que el plan de Obama costará 275.000 dólares por empleo creado. ¿Por qué es falso? Porque implica tomar el costo de un plan que se extenderá durante varios años para crear millones de empleos cada año, y dividirlo entre los trabajos creados en sólo uno de esos años.

Es como si alguien que se opone al programa de almuerzos escolares tomara una estimación de su costo en los siguientes cinco años, después lo dividiera entre la cantidad de almuerzos que se proporcionarían en un solo año, y afirmara que el programa es un despilfarro enorme porque costaría 13 dólares por almuerzo. (Por cierto, el costo real de un almuerzo escolar gratuito es de 2,57 dólares).

El costo verdadero por empleo del plan Obama probablemente andará más cerca de los 100.000 dólares que de los 275.000 dólares, y el costo neto será de algo tan poco como 60.000 dólares una vez que se considera el hecho de que una economía más fuerte significa un aumento en los recibos fiscales.

Siguiente, hay que tachar a quienquiera que afirme que siempre es mejor reducir impuestos que incrementar el gasto gubernamental, porque los contribuyentes, no los burócratas, son los mejores jueces de cómo gastar su dinero.

Esto es lo que hay que pensar sobre este argumento: implica que deberíamos cerrar el sistema de control del tráfico aéreo. Después de todo, ese sistema se paga con las tarifas sobre los boletos de avión, y con toda seguridad que sería mejor permitir que el público que vuela conserve su dinero en lugar de entregárselo al gobierno.

El punto es que nadie realmente cree que un dólar de recortes fiscales siempre es mejor que uno para gasto público. Entre tanto, está claro que cuando se trata de estímulos económicos, el gasto público proporciona una mayor relación calidad-precio que los recortes fiscales —y, por tanto, cuestan menos por empleo creado (véase el argumento fraudulento anterior)— porque simplemente se salvará una gran fracción de cualquier recorte fiscal.

Esto indica que el gasto público debería ser la esencia de cualquier plan de estímulos y no así los recortes fiscales. Sin embargo, en lugar de aceptar esa implicación, los conservadores se refugian en un argumento disparatado contra el gasto público en general.

Finalmente, no le preste atención a nadie que trate de tener éxito con el hecho de que el principal asesor económico del nuevo gobierno prefirió en el pasado la política monetaria por encima de la fiscal como una respuesta a las recesiones.

Es verdad que la respuesta normal a las recesiones es la reducción de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal, no del gasto gubernamental. Y esa podría ser la mejor opción en este momento, si estuviera disponible. Sin embargo, no lo está porque estamos en una situación que no se veía desde 1930: las tasas de interés que controla la Reserva ya están efectivamente en cero.

Por eso es que estamos hablando de un estímulo fiscal a gran escala: es lo que queda en el arsenal político ahora que la Reserva cerró su bóveda. Quienquiera que utilice argumentos viejos contra el estímulo fiscal sin mencionar eso tampoco, no sabe gran cosa del tema —y, por tanto, no tiene nada que hacer metiéndose en el debate— o está siendo deliberadamente obtuso.

Estos son sólo algunos de los argumentos fundamentalmente fraudulentos contra los estímulos que circulan por ahí. Básicamente, los conservadores están lanzando cualquier objeción que se les ocurre contra el plan Obama, con la esperanza de que algo se pegue.

Sin embargo, este es el asunto: la mayoría de los estadounidenses no está escuchando. Lo más alentador que he escuchado últimamente es la respuesta que según se informa dio Obama ante las objeciones republicanas a un plan económico orientado al gasto: “Gané”. En efecto, así fue, y debería hacer caso omiso de las quejas ruidosas de quienes perdieron.

*Premio Nobel de Economía 2008, profesor en la Universidad de Princeton y columnista habitual de ‘The New York Times’.©. 2009 - The New York Times News Service.

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