Opinión |22 Feb 2009 - 8:20 pm

Paul Krugman

Una década en Bernie’s

Por: Paul Krugman

PARA AHORA, TODO EL MUNDO SA- be la triste historia de los inversionistas embaucados de Bernard Madoff. Vieron sus estados de cuenta y pensaron que eran ricos. Sin embargo, un día, descubrieron con horror que su supuesta riqueza era producto de la imaginación de alguien más.

Desafortunadamente, es una metáfora bastante buena de lo que le sucedió a Estados Unidos en su conjunto en la primera década del siglo XXI.

La semana pasada, la Reserva Federal dio a conocer los resultados de la Encuesta de Finanzas de los Consumidores más reciente, un informe trienal sobre activos y obligaciones de las familias estadounidenses. La esencia es que, básicamente, no ha habido creación de riqueza para nada desde el cambio de milenio: el valor neto de la familia estadounidense promedio, ajustado a la inflación, es más bajo ahora que en 2001.

En un nivel, esto no debería sorprender, ya que la mayor parte de la última década, Estados Unidos fue un país de prestatarios y gastadores, no de ahorradores. La tasa de ahorros personales cayó de nueve por ciento en los 1980 a cinco por ciento en los 1990, y a sólo 0,6 por ciento de 2005 a 2007, y la deuda por familia creció mucho más rápido que el ingreso personal. ¿Por qué habríamos de esperar que nuestro valor neto subiera?

No obstante, hasta hace muy poco los estadounidenses creían que se estaban haciendo más ricos porque recibían estados de cuenta que decían que el valor de sus casas y acciones de portafolio estaba aumentando con mayor rapidez de lo que se incrementaban sus deudas. Y si la creencia de muchos estadounidenses en que podían contar con ganancias de capital por siempre suena ingenua, vale la pena recordar justo ahora las muchas voces influyentes —en particular en las publicaciones de tendencia derechista como The Wall Street Journal, Forbes y National Review— que promovieron esa creencia y ridiculizaron a quienes estaban preocupados por el bajo nivel de ahorro y los niveles altos de deuda.

Entonces, golpeó la realidad, y resultó que las inquietudes habían sido correctas todo el tiempo. El aumento en el valor de los activos había sido una ilusión, pero el de la deuda había sido demasiado real.

Así que ahora tenemos problemas —más profundos, creo, de lo que la gente se da cuenta incluso ahora—. Y no sólo estoy hablando de la banda cada vez menor de pronosticadores que aún insiste en que la economía regresará de pronto a su situación en cualquier momento.

Esto se trata de un caos de base amplia. Todo el mundo habla de los problemas de los bancos, que en efecto están en peor forma que el resto del sistema. Sin embargo, los bancos no son los únicos jugadores que tienen una deuda enorme y muy pocos activos; la misma descripción se aplica al sector privado en su conjunto.

Y como lo señaló el gran economista estadounidense Irving Fisher en los 1930, las cosas que hacen las personas y las compañías cuando se dan cuenta que tienen demasiadas deudas tienden a ser contraproducentes cuando todo el mundo trata de hacerlas al mismo tiempo. Los intentos por vender activos y liquidar las deudas profundizan el hundimiento de los precios de los valores, lo que reduce aún más el valor neto. Los intentos por salvar más se traducen en un colapso de la demanda de los consumidores, profundizando la caída económica.

¿Están los formuladores de las políticas listos para hacer lo que se necesita para romper este círculo vicioso? En principio, sí. Funcionarios gubernamentales entienden la situación: necesitamos “contener lo que es una espiral dañina y potencialmente deflacionaria”, dice Lawrence Summers, uno de los principales asesores en economía de Obama.

No obstante, en la práctica, las políticas que se ofrecen actualmente no parecen adecuadas para el reto. El plan de estímulos fiscales, aun cuando es indudable que va a ayudar, es probable que no haga más que mitigar los efectos secundarios económicos de la deflación por sobreendeudamiento. Y el tan esperado anuncio del plan del rescate bancario confundió a todo el mundo en lugar de tranquilizarlo.

Hay esperanza en que el rescate bancario finalmente se vuelva algo más fuerte. Ha sido interesante observar el movimiento de la idea de la nacionalización temporal de la banca de una aceptación marginal a una en la corriente principal, incluso entre republicanos como el senador Lindsey Graham, que reconoció que podría ser necesaria. Sin embargo, aun si finalmente hacemos lo que se necesita en el frente bancario, eso resolverá sólo parte del problema.

Si se quiere ver lo que realmente se necesita para sacar a la economía de la trampa de la deuda, hay que analizar el programa de gigantescas obras públicas, mejor conocido como Segunda Guerra Mundial, que terminó con la Gran Depresión. La guerra no sólo condujo al empleo total. También condujo a un incremento rápido en los ingresos y una inflación sustancial, todo sin prácticamente pedir prestado al sector privado. Para 1945, la deuda gubernamental se había incrementado, pero la tasa de la deuda del sector privado en relación con el PIB era sólo la mitad de la que había sido en 1940. Y este nivel bajo de deuda privada ayudó a montar el escenario para el gran auge de la posguerra.

Dado que nada como eso está sobre la mesa, ni parece probable que esté en cualquier momento, se necesitarán años para que las familias y empresas eliminen la deuda trabajando, la cual incrementaron tan alegremente. Las posibilidades son que el legado de nuestra época de ilusión —nuestra década en Bernie’s— sea una depresión prolongada y dolorosa.

*Premio Nobel de Economía 2008, profesor en la Universidad de Princeton y columnista habitual de ‘The New York Times’.© 2009 - ‘The New York Times News Service’.

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