Opinión |1 Mar 2009 - 10:00 pm
Calma chicha
Por: María Elvira Bonilla
EN LO PROFUNDO DEL CAQUETÁ, en el medio y bajo Caguán, al sur de Cartagena del Chaira, en veredas aisladas como Remolinos, Camelias, Monserrate, Cristales, Peñas Coloradas, la vida poco ha cambiado en estos años de la llamada seguridad democrática.
Asentamientos de colonos coqueros, nacidos a mediados de los años 80, que vieron pasar y desaparecer dinero a montones mientras convivían con la ilegalidad, ante una presencia del Estado débil e intermitente. Sobreviven desde entonces aislados y ajenos a los rimbombantes anuncios gubernamentales y a los espectaculares titulares de prensa pregonando la derrota de la guerrilla y el avance incontenible de la paz. Otra cosa piensan los pobladores de esos territorios de la guerra.
Son 750 las familias desplazadas de Peñas Coloradas, que desde abril de 2004 dejaron sus casas cuando el Ejército entró al casco urbano situado en una zona que por décadas estuvo controlada por las Farc. Los campesinos, atemorizados y amenazados, tuvieron que dejar abandonadas sus pocas pertenencias, para engrosar las filas de los desplazados del país. Casi 5 años después algunos aún permanecen en las instalaciones del Sena en Cartagena del Chairá. 150 familias quisieran regresar a su tierra, pero las Fuerzas Militares, las mismas que ocupan sus casas y negocios en Peñas Coloradas, no las autorizan, pues reconocen que la zona aún no está controlada.
Cuentan en Caquetá que la presencia del Estado sigue siendo básicamente militar y que la desconfianza y la tensión entre los uniformados y los pobladores es permanente y que sus habitantes frecuentemente son señalados, sin causa, de ser auxiliadores de la guerrilla. Los juicios a la población y el funcionamiento de las oficinas de peticiones, quejas y reclamos, así como los comités de conciliación a través de los cuales la guerrilla controlaba la vida cotidiana de la gente, son asunto del pasado, pero la tranquilidad aún no regresa. Las lanchas de la Armada patrullan el río Caguán hasta Santo Domingo en el sur y las requisas son rutinarias.
Nadie habla ya de muertos guerrilleros ni civiles, ni de enfrentamientos armados, pero se vive, sin comentario, en medio de una calma chicha. La guerrilla permanece vigilante y replegada en lo espeso de la selva, donde durante más de 20 años vegeta sumida en una rutina estéril, descrita al detalle por los secuestrados liberados. El reclutamiento tampoco se ha detenido como lo corroboraron Alan Jara y Sigifredo López, jóvenes campesinos que por falta de oportunidades siguen tristemente alimentando la guerra.
El coctel terrible de coca, guerrilla, guerra y desplazamiento parece imbatible. Los frutos de la política de seguridad democrática son evidentes en las principales vías del país, como es el caso en el Caquetá con su principal carretera que conduce de Florencia a San Vicente del Caguán, intransitable en el pasado por el riesgo y la amenaza, donde secuestraron a Íngrid Betancourt, asesinaron a la familia Turbay y sirvió de epicentro de las célebres marchas cocaleras durante el gobierno Samper, las cuales se convertirían en un punto de quiebre del conflicto en el Caquetá.
La calma chicha imperante, desnuda la realidad de unas Farc golpeadas pero no derrotadas, que permanecen concentradas en sus lugares históricos. Esta realidad no la borran ni los falsos positivos ni los discursos triunfalistas. Es una prueba más de que el conflicto colombiano reclama una solución que claramente no pasa por la eliminación del contrincante. Que no se va dar.
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nielkahurtado
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