Opinión |2 Mar 2009 - 11:00 pm
Mensaje para el tío Sam
Por: Thomas L. Friedman
SEÚL, COREA DEL SUR. RESULTA EN verdad útil venir a Asia para que le recuerden a uno la posición de Estados Unidos en el mundo en últimas fechas.
Pese a todo lo que se ha dicho en años recientes con respecto a la inevitable declinación de Estados Unidos, “todos los ojos” no están fijos ahora en Tokio, Beijing, Bruselas o en Moscú; ni sobre cualquier otro aspirante al trono del peso pesado mundial. Todos los ojos están sobre Washington para que saque al mundo de su caída en picada en la esfera económica. En ningún momento de los últimos 50 años nos habíamos sentido tan débiles, y en ningún otro momento de los últimos 50 años había considerado el mundo que somos tan importantes.
Si bien es cierto que desde el final de la Guerra Fría dirigentes e intelectuales mundiales a menudo se quejaban de un excesivo poderío estadounidense en el mundo, actualmente no se oyen muchas de esas quejas, cuando la mayoría de la gente reconoce que solamente una revitalización de Estados Unidos tiene el poder de impedir que la economía del mundo caiga en una depresión mundial. Siempre fue fácil quejarse de un mundo con demasiado poder estadounidense, siempre y cuando no tuvieras que vivir en un mundo de muy poco poder estadounidense. Y justo en estos momentos, ese es el peligro: un mundo de muy poco poder estadounidense.
En algún lugar de las profundidades de nuestras mentes, muchísima gente al parecer se está dando cuenta de que la alternativa a un mundo dominado por Estados Unidos no es un mundo dominado por alguien más o alguien mejor. Es un mundo sin líder. Ni Rusia ni China tienen la voluntad o la manera de suministrar los bienes públicos en todo el mundo que Estados Unidos —en su mejor expresión— ha suministrado de manera consistente. La Unión Europea está tan dividida justo ahora que ni siquiera puede ponerse de acuerdo en lo tocante a un efectivo paquete de estímulos.
Entonces, no causa sorpresa que aun cuando esta crisis económica empezó en Estados Unidos, con los malos préstamos y malas prácticas para extender préstamos, la gente ha huido, incluso así, al dólar estadounidense. Un ejemplo de este caso: la divisa de Corea del Sur ha perdido casi 40% de su valor contra el dólar tan sólo en los últimos seis meses.
“Ningún otro país puede ser sustituto de Estados Unidos”, me hizo hincapié un funcionario coreano. “Estados Unidos sigue siendo el número 1 en la esfera militar, económica y en la promoción de los derechos humanos, así como el primer lugar en cuanto al idealismo. Solamente Estados Unidos puede conducir al mundo. Ningún otro país puede hacerlo. China no puede. La UE está demasiado dividida, al tiempo que Europa está muy atrasada militarmente respecto de Estados Unidos. Así que solamente está Estados Unidos ... Nunca hemos tenido un mundo más unipolar del que tenemos actualmente”.
Sí, muchos asiáticos resienten el hecho que los estadounidenses los regañaron por su crisis bancaria en los años 90, y ahora nosotros hemos cometido muchos de los mismos errores. Sin embargo, ese placer derivado de la desgracia ajena no dura mucho tiempo. En conversaciones al azar aquí en Seúl con pensadores, periodistas y ejecutivos comerciales asiáticos y coreanos, encontré a algunas personas realmente preocupadas: ¿Podría ser, preguntan, que los estadounidenses no saben lo que están haciendo, o, peor aún, que lo saben pero el problema sencillamente es mucho mayor a cualquier otra cosa que hayamos visto alguna vez?
Esta es una región en la cual las marcas occidentales conllevan gran peso, y para la gente en verdad resulta inquietante la imagen de gigantes financieros de Estados Unidos, como Citigroup y AIG, titubeando.
Las grandes naciones comerciales, como Surcorea, se muestran particularmente nerviosas de que Estados Unidos sucumba al proteccionismo económico, lo cual socavaría el sistema mundial de comercio.
“No existe alguien que pueda reemplazar a Estados Unidos. Sin el liderazgo estadounidense no hay liderazgo”, dijo Lee Hong-koo, ex embajador de Corea del Sur ante Washington. “Eso genera enorme presión sobre el pueblo estadounidense para que haga algo positivo. No pueden sentirse tentados por el nacionalismo acostumbrado. Y en el mundo económico eso es proteccionismo... Nos complace ver que el presidente Obama no está haciendo eso. Los estadounidenses, como pueblo, deberían percatarse cuántas esperanzas y expectativas están poniendo otros pueblos sobre sus hombros”.
Y eso es solamente en la economía. La primera gran prueba de seguridad para Obama podría llegar aquí... y pronto. Norcorea se ha vuelto más loca que siempre; se ha vuelto incluso más pobre debido a la crisis mundial de la economía y por el retiro de la ayuda del nuevo gobierno surcoreano. Ahora, Norcorea amenaza con un ensayo de sus misiles Taopodong-2 de largo alcance, mismos que pudieran tener la capacidad de llegar a Hawai, Alaska o más allá.
En 2006, Corea del Norte llevó a cabo un ensayo de este tipo por última vez, pero el cohete estalló 40 segundos después de su lanzamiento. Si el Norte efectivamente lleva a cabo un nuevo ensayo con un misil balístico de alcance intercontinental, las fuerzas de Estados Unidos tendrán que considerar si hacen que estalle en la base de lanzamiento o lo derriban en el cielo. Nunca debimos haber permitido que Norcorea obtuviera una ojiva nuclear; ciertamente no la queremos probando un misil de largo alcance que pudiera llevar una ojiva nuclear hasta nuestras costas, o cualquier otro lugar.
Nunca más introspectivo, nunca con tanta demanda: Eso es Estados Unidos actualmente. Este momento evoca un argumento que expuso el experto en política exterior Michael Mandelbaum, de la Universidad Johns Hopkins, en su libro, The Case for Goliath (El argumento de Goliat). Cuando se trata de la manera en que otros países ven el papel preeminente de Estados Unidos en el mundo, escribió, “cualquiera que sea la duración de su vida, se puede pronosticar tres cosas: ellos no van a pagarlo; lo seguirán criticando; y lo van a extrañar cuando haya desaparecido”.
*Ganador de su tercer Premio Pulitzer a comentarios editoriales en 2002 por sus columnas en ‘The New York Times’. c.2008. The New York Times News Service.
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