Santiago Montenegro 22 Mar 2009 - 8:48 pm

El Fenómeno del Niño

Santiago Montenegro

PARA CONOCER MEJOR A LOS PAÍSES, a las instituciones o a las personas hay que alejarse, en ocasiones, de ellas. Hay que verlas desde fuera, desde lejos, hay que objetivarlas, como dirían los expertos en teoría del conocimiento.

Por: Santiago Montenegro
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Eso pasa en los viajes y cuando se leen los periódicos y se habla con extranjeros. Esta vez la lección —y la sorpresa— fue en Perú, leyendo El Comercio, de Lima, en su edición del martes 17 de marzo. Entre muchas promociones turísticas a destinos predecibles de América Latina, incluyendo Cartagena, Santa Marta o San Andrés, encontré una promoción a Bogotá, pero no para visitar el Museo del Oro o el Museo Botero, o la Catedral de Sal o La Candelaria. Por 375 dólares se ofrecía un paquete de tres días y dos noches para visitar el Santuario del Divino Niño del 20 de Julio. Sorprendido, comencé a indagar entre amigos y conocidos peruanos hasta que un simpático empleado del hotel, de origen indígena, me comentó que, dos años antes, él y su esposa habían hecho el viaje al Santuario, después de conocer un milagro que el Divino Niño había realizado a un pariente cercano. Como él, muchos peruanos, quizá ya centenas o miles, han hecho la peregrinación. Toman un avión que sale de Lima los jueves y regresan el domingo, después de oír misa y hacer las plegarias y ofrendas al Divino Niño.

Al volver a Colombia, investigué un poco más y me confirmaron que el flujo de visitantes ecuatorianos es también muy grande y, posiblemente, de otros países centroamericanos y de Venezuela. Pero nadie ha realizado un estudio para dimensionar el tamaño de este fenómeno. En lo que todas las personas están de acuerdo es que la devoción y los actos religiosos, las peregrinaciones y las actividades comerciales relacionadas con el Divino Niño son descomunales. Los domingos, miles de personas visitan el Santuario. Van a cumplir con los “nueve domingos” y a dejar un mercado para los pobres e indigentes y, en un área que se extiende muchas cuadras alrededor del Santuario, en centenares de almacenes también compran estampas, rosarios, escapularios, cirios y veladoras, imágenes del Niño y de otros santos, hasta réplicas en yeso o plástico de partes enfermas del cuerpo que luego ofrecen y colocan al pie del Divino Niño en espera de una pronta cura o sanación. Es un verdadero fenómeno popular, de fe y de masas, que recuerda a los de la Virgen de Guadalupe, a Fátima, a Lourdes, a Santiago de Compostela, entre otras. Y también a otros centros de fe y peregrinación que hay en Colombia, como la Virgen de las Lajas, el Señor de Buga, la Virgen de Chiquinquirá, la Catedral de Sal o, en la misma Bogotá, Monserrate y San Alfonso María de Ligorio, en donde a quien se venera no es a San Alfonso, sino al Señor de Buga. Es un trozo enorme de un país desconocido y que forma parte de una inmensa economía informal alejada de la vida, la economía y las comodidades que llamamos modernas. Pero —qué duda cabe— es un país real que ofrece esperanza, consuelo y también ingreso y empleo directo e indirecto a muchísimas personas, desde vendedores ambulantes hasta las compañías de aviación. Como lo han hecho en Europa y otros países, uno diría que el Estado debería proveer algunos bienes públicos para facilitar y proteger a los usuarios de estos servicios. Pero, quizá, lo primero que debamos hacer es investigar y estudiar el fenómeno del Divino Niño, aceptando, con humildad, que forma parte de ese otro país que tenemos dentro de Colombia y que poco conocemos. Que lo conocen mejor los pobres del Perú.

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