Por: Santiago Montenegro

El Fenómeno del Niño

PARA CONOCER MEJOR A LOS PAÍSES, a las instituciones o a las personas hay que alejarse, en ocasiones, de ellas. Hay que verlas desde fuera, desde lejos, hay que objetivarlas, como dirían los expertos en teoría del conocimiento.

Eso pasa en los viajes y cuando se leen los periódicos y se habla con extranjeros. Esta vez la lección —y la sorpresa— fue en Perú, leyendo El Comercio, de Lima, en su edición del martes 17 de marzo. Entre muchas promociones turísticas a destinos predecibles de América Latina, incluyendo Cartagena, Santa Marta o San Andrés, encontré una promoción a Bogotá, pero no para visitar el Museo del Oro o el Museo Botero, o la Catedral de Sal o La Candelaria. Por 375 dólares se ofrecía un paquete de tres días y dos noches para visitar el Santuario del Divino Niño del 20 de Julio. Sorprendido, comencé a indagar entre amigos y conocidos peruanos hasta que un simpático empleado del hotel, de origen indígena, me comentó que, dos años antes, él y su esposa habían hecho el viaje al Santuario, después de conocer un milagro que el Divino Niño había realizado a un pariente cercano. Como él, muchos peruanos, quizá ya centenas o miles, han hecho la peregrinación. Toman un avión que sale de Lima los jueves y regresan el domingo, después de oír misa y hacer las plegarias y ofrendas al Divino Niño.

Al volver a Colombia, investigué un poco más y me confirmaron que el flujo de visitantes ecuatorianos es también muy grande y, posiblemente, de otros países centroamericanos y de Venezuela. Pero nadie ha realizado un estudio para dimensionar el tamaño de este fenómeno. En lo que todas las personas están de acuerdo es que la devoción y los actos religiosos, las peregrinaciones y las actividades comerciales relacionadas con el Divino Niño son descomunales. Los domingos, miles de personas visitan el Santuario. Van a cumplir con los “nueve domingos” y a dejar un mercado para los pobres e indigentes y, en un área que se extiende muchas cuadras alrededor del Santuario, en centenares de almacenes también compran estampas, rosarios, escapularios, cirios y veladoras, imágenes del Niño y de otros santos, hasta réplicas en yeso o plástico de partes enfermas del cuerpo que luego ofrecen y colocan al pie del Divino Niño en espera de una pronta cura o sanación. Es un verdadero fenómeno popular, de fe y de masas, que recuerda a los de la Virgen de Guadalupe, a Fátima, a Lourdes, a Santiago de Compostela, entre otras. Y también a otros centros de fe y peregrinación que hay en Colombia, como la Virgen de las Lajas, el Señor de Buga, la Virgen de Chiquinquirá, la Catedral de Sal o, en la misma Bogotá, Monserrate y San Alfonso María de Ligorio, en donde a quien se venera no es a San Alfonso, sino al Señor de Buga. Es un trozo enorme de un país desconocido y que forma parte de una inmensa economía informal alejada de la vida, la economía y las comodidades que llamamos modernas. Pero —qué duda cabe— es un país real que ofrece esperanza, consuelo y también ingreso y empleo directo e indirecto a muchísimas personas, desde vendedores ambulantes hasta las compañías de aviación. Como lo han hecho en Europa y otros países, uno diría que el Estado debería proveer algunos bienes públicos para facilitar y proteger a los usuarios de estos servicios. Pero, quizá, lo primero que debamos hacer es investigar y estudiar el fenómeno del Divino Niño, aceptando, con humildad, que forma parte de ese otro país que tenemos dentro de Colombia y que poco conocemos. Que lo conocen mejor los pobres del Perú.

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