Opinión |25 Mar 2009 - 11:00 pm

Klaus Ziegler

Azar y serendipia

Por: Klaus Ziegler

Los de habla inglesa se refieren a los hallazgos afortunados y accidentales con el término serendipius, que ya se ha castellanizado como serendipia, y que tiene su origen en el cuento de hadas Los tres príncipes de Serendipo, que usaban su astucia para hacer descubrimientos inesperados.

En ciertas ocasiones se busca una cosa y se halla otra. En otras, un error desemboca en un gran hallazgo, como sucedió con el descubrimiento de los anestésicos, fruto de la conjunción afortunada de un observador perspicaz y un golpe de suerte.

El óxido nitroso, conocido como gas hilarante o gas de la risa, fue muy usado durante el siglo XIX como diversión en bares y cafés nocturnos debido a sus propiedades psicoactivas y a su capacidad de inducir estados eufóricos, usualmente acompañados de incontrolables ataques de risa. El 11 de diciembre de 1844, en una demostración de los efectos de este gas, un espectador cayó por accidente del escenario y se lesionó una pierna; sin embargo, el hombre no daba muestras de dolor.

A Horacio Wells, un dentista que presenciaba el incidente, se le ocurrió de inmediato que este gas podía ser usado como anestesia, en una época en que la extracción de una pieza dental era una tortura. Al día siguiente, el mismo Wells se hizo sacar una muela después de haber inhalado el gas. El éxito fue rotundo.

Otro ejemplo notable de serendipia fue el descubrimiento de la “pega loca”. Un equipo de investigadores de la Dow Chemical llevaba varias semanas ensayando distintos químicos con el propósito de mejorar la resistencia de los parabrisas de los aviones. Al aplicar sobre el vidrio el producto “401” y medir la desviación de la luz, con el fin de averiguar si éste ocasionaba alguna distorsión visual, se percataron de que ya no podían despegar del parabrisas el equipo de medición que habían utilizado.

Tras varios intentos fallidos, le informaron a Harry Coover, jefe del proyecto, sobre la pérdida del costoso equipo, a lo que Coover, en vez de enojarse, replicó en un momento de inspiración: “Qué importa el equipo destruido si hemos descubierto el adhesivo más potente”. El accidente se tradujo en ganancias millonarias para la Dow, que desde ese día se dedicó exclusivamente a la producción del pegamento.

Un error fecundo es preferible a una realidad estéril, decía Cioran. Y tenía razón Francis Crick cuando afirmaba que el azar debe ser considerado como la más importante de las fuentes de creatividad científica.

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