Por: Pascual Gaviria

Esto es una pipa

UNA PIPA PARA FUMAR BAZUCO ES quizás el objeto más infame dentro del gran escaparate que conforman las ciudades.

Un trasto roído, hecho con basura, destinado al más innoble de los vicios, empuñado por las manos más amenazantes. Un armazón tosco e infantil, un ingenio insignificante para ser el mito de tantas pesadillas.

El hecho de ser la principal artesanía en los reinos primitivos que se instalan en algunas calles de las ciudades, le ha otorgado un lugar en el inventario de decomisos policíacos. La boquilla y la cazoleta por separado no son más que restos inservibles: bolígrafos rotos, candelas, jeringas, tapas de gaseosa, tubos de PVC, cauchos, pedazos de juguetes. Pero una vez se unen las dos piezas es momento para la página de orden público: “El Cuerpo Especial Antiterrorista de Bogotá logró la incautación de 115 armas blancas, 1.545 gramos de marihuana, 14 gramos de bazuco, 48 gramos de base de coca, 244 pastillas de Rivotril y 17 pipas de fabricación artesanal”.

Sin ser bazuquero ni policía, a Camilo Restrepo, un fotógrafo y artista de Medellín, le dio por perseguir las pipas de bazuco como si se tratara de piezas arqueológicas o genialidades del diseño del embale. La dificultad para llegar hasta las pipas usadas demostró que lo deleznable también pude ser esquivo, que el caucho quemado en la oscuridad de las ollas no se consigue fácilmente, que se necesitan contactos e intermediarios para llegar hasta las joyas que los adictos van personalizando mediante el abuso. Durante un año recolectó pipas en los sectores de Barrio Triste, La Paz y El Paseo del Río en Medellín. Al comienzo lo llenaron de pipas sin estrenar, todas iguales, como si estuviera contratando una maquila. Luego creyeron que buscaba rarezas y le llevaron pipas estrambóticas, adornadas con hebillas de Hello Kitty, disfrazadas para la ocasión y con una pátina de ceniza recién puesta. Al final logró clasificar más de 120 ejemplares con su historia de humos y sus cicatrices. Eludiendo los asuntos morales la colección parece la reseña exhaustiva de una evolución industrial perturbada y miserable. O la colección de un entomólogo seguidor de círculos viciosos.

Hasta ahí el trabajo de campo. Después el fotógrafo escogió sus especímenes más representativos y los documentó siguiendo la estética de los catálogos de las elegantes pipas de brezo y de espuma de mar. La verdad es que las pipas de bazuco no desmerecen. En las grandes fotografías sobre fondo negro lucen las vueltas del caucho que sostiene la corona de papel aluminio, los nudos de bolsas negras que intentan atrapar todo el humo, el detalle de esos “insectos” que hay que buscar debajo de la normalidad de nuestras ciudades. A manera de pie de foto, el coleccionista anotó el sitio donde se produjo el hallazgo. Las pipas de bazuco abandonaron la mesa de la inspección de Policía para merecer la urna del museo.

Hace más de ochenta años Rene Magritte nos puso la imagen del paradigma de una pipa acompañada de un texto que la desmentía: Ceci n’est pas une pipe. Al contrario, las pipas de Camilo Restrepo en LA galería, en Bogotá, necesitan un rótulo que aclare su función y su naturaleza: Esto es una pipa, dice el título, y todavía nos acercamos un poco para cerciorarnos.

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