Por: Fernando Carrillo Flórez

La pandemia de la desigualdad

LA RESPONSABILIDAD POLÍTICA ES un bien escaso. El gran aporte de Cicerón a la política consistió en vincular la palabra política con los hechos, dentro de una noción de responsabilidad cívica y política hoy ausente. Una responsabilidad bifronte pues la parte cívica le cabe al sector privado y la parte política al sector público.

En un mundo interdependiente, la codicia especulativa de unos financistas de Wall Street podría levantar de nuevo el Muro de Berlín y la cortina de hierro. La mayoría de los gobiernos europeos que han caído en el ámbito de la crisis global —incluida la República Checa que preside la Unión Europea— muestran cómo la economía revienta la política en segundos. La vieja y la nueva Europa navegan en la mitad de una tormenta global empujada por los vientos huracanados de la crisis social. Una enfermedad que como la gripe de hoy era monopolio de América Latina.

Quizá el golpe más duro a la integración europea vendrá por cuenta de los propios ciudadanos en las próximas elecciones parlamentarias de la primera semana de junio. El Eurobarómetro indica que la abstención alcanzará los niveles más altos desde la primera elección directa hace 30 años. Dos de cada tres ciudadanos de la UE no tienen intención de votar para el Parlamento Europeo. La crisis económica convertida en crisis de legitimidad política, debido a una fractura social aceitada por pérdidas de millones de empleos.

A nivel local, Brown, Merkel y Zapatero sufrirán reveses electorales tanto en las europeas como en las locales que vienen en el corto plazo. En Francia, se habla de insurrección y riesgo revolucionario. La crisis pasa su cuenta de cobro y paga quien está en el poder. Se renacionaliza la política y los mercaderes de la política juegan con fuego.

El desencanto y el desprecio hacia la política se imponen como tendencia mundial. Nunca ha sido la política más impotente para regular los males globales como ahora. La política grande, aquella que permite acuerdos para hacer grandes cosas no aparece y la desigualdad se mete por el medio sin control.

Nadie imaginó que Amartya Sen saliera a reivindicar al padre del capitalismo en una reciente conferencia en París, para demostrar la preocupación de Adam Smith sobre la desigualdad en una economía de mercado. Recordó que ideas profundas sobre la importancia de instituciones ajenas al mercado y valores ajenos al lucro, se gestaron más en Smith y Pigou, que en Keynes y sus seguidores. Pigou porque fue pionero en medir la pandemia que castiga hoy las instituciones representativas: la desigualdad económica.

Ello para que la racionalidad del mercado no termine como siempre torciéndole el cuello a la política. Porque más que funerales prematuros del capitalismo, lo cierto es que sólo la política y el derecho pueden moralizar la economía. Pero ni la política ni el derecho se encuentran en esa tarea. Este parece más un momento de nacionalismo, autoritarismo populista y demagogia.

Está claro que hay un gran déficit de ideas para cambiar las reglas de juego en la lucha contra la desigualdad. Es un problema político, no estadístico. Porque bien decía Tocqueville que el mejor indicador de estabilidad política es la igualdad antes que el nivel de desarrollo.

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