Por: Reinaldo Spitaletta

Benedetti, más o menos la muerte

Cuando muere un poeta, se muere un pedazo de la tierra, pero crece la hierba en otros lugares.

Tal vez porque el poeta es la mala conciencia de su tiempo, es decir, un faro, una bofetada, anuncios de una vida nueva. La instauración de una patria que no es la de los políticos ni la de los banqueros, sino la del hombre (¿qué es un hombre?) ante la incertidumbre y la soledad.

Mario Benedetti, que padeció el exilio, pero después la experiencia del desexilio (palabra inventada por él), sintió en carne propia las persecuciones, las amenazas de muerte, las listas negras, y dio cuenta de ellos en sus llamados a la resistencia, en sus cantos de amor y de esperanza. Abrazó todos los géneros literarios: novela, ensayo, teatro, cuento y poesía, y escribió letras para canciones, que siguen cantando los enamorados y los que luchan por la justicia.

El uruguayo, amante del fútbol y del tango, escribió sus primeros versos en alemán, cuando era apenas un pibe de pantalón corto y su papá tuvo que ir a la escuela a confirmarle al profesor que, en efecto, esos versos eran de su hijo. En su literatura no sólo está Montevideo sino América Latina, con todos sus dolores y claroscuros.

Para un poeta debe ser una suerte de consagración cuando sus creaciones van de boca en boca, cuando las recita un estudiante, cuando las pronuncia un ama de casa. Cuando se vuelve patrimonio de todos. Algunos, muy sofisticados, dirán que esa situación es carencia de hondura. Otros, con menos pretensiones, afirmarán que es como ver caer la lluvia, o como ganar el pan con el poder de los sueños. Y de la luz.

Benedetti, un conspirador, no escribió, según él, en función del éxito. “Escribí lo que me salió de las pelotas”. Y tal vez de las pelotas le salieron los cuentos Montevideanos, y ese puntero izquierdo que no era apto para los sobornos, y sus novelas, y su amor por los desheredados y perseguidos. “Padre nuestro que estás en los cielos, / con las golondrinas y con los misiles, / quiero que vuelvas antes de que olvides / cómo se llega al sur de Río Grande”.

El autor de La Tregua, poseedor de una ironía punzante e inteligente, bien podía escribir sobre el Che, cantarle al guerrillero uruguayo Raúl Sendic, a una mujer desnuda y al oscuro, y decir que “una carta de amor no es el amor / sino un informe de la ausencia”. La dictadura uruguaya lo obligó a volarse a la Argentina, donde lo recibió algo más tenebroso: las amenazas de la Triple A, en los tiempos del brujo López Rega.

Benedetti, aparte de sus virtudes literarias tuvo otra: jamás se doblegó ante el poder. Más bien, lo vapuleó y se burló de los tiranos. No tuvo compasión con los burócratas y el barrio estuvo entre sus afectos más reconocibles: “Volver al barrio siempre es una huida / casi como enfrentarse a dos espejos / uno que ve de cerca / otro de lejos / en la torpe memoria repetida…”.

Benedetti lanzó su botella al mar, con la esperanza de que algún día llegue a una playa desierta, y entonces un niño la encuentre y la destape, y en lugar de versos “extraiga piedritas y socorros y alertas y caracoles”. Lo mejor de cuando muere un poeta es que la gente corre a buscar sus libros, a encontrar vida en las palabras.

El poeta seguirá viviendo en algún bandoneón, que es también la vida. Hay los que sostienen que el bandoneón lo toca Dios. Benedetti sabía que lo tocaba Troilo “ya que dios apenas toca el arpa y mal”. ¿Seré curioso, señor ministro?, pero con la muerte de Benedetti comenzamos a comprender las bienvenidas mejor que los adioses.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Reinaldo Spitaletta