Opinión |22 Mayo 2009 - 8:53 pm

Julio César Londoño

Un sesquicentenario discreto

Por: Julio César Londoño

EL DIOS MODERNO ES EL NÚMERO Y lo adoramos:

sabemos el número de litros de cerveza que bebe un inglés al año, el número de pelos en la cabeza del pelirrojo promedio y el número de coitos por pareja, semana, raza y estrato; también conocemos el consumo de papa frita en cada uno de los países del mundo, y la tasa de homicidios en Bogotá (algunos aseguran, muy serios, que es inferior a la de Washington). Pero ignoraba que hubiera estadísticas sobre el uso de papel higiénico hasta que leí en El Tiempo que Colombia consume cinco kilos al año per cápita (así decía la nota textualmente), muy por encima de Perú (2,5 kilos) y Bolivia (2 kilos), pero por debajo de Chile (9 kilos), de Argentina (8,1 kilos) y de México (7 kilos).

Como era de esperarse, la lista la encabeza Estados Unidos (12 kilos, o 2,7 kilómetros per cápita al año). ¡2,7 kilómetros! Confieso que la cifra me dio casi tanta envidia como cuando veía a Humphrey Bogarth marcando números larguísimos en los negros teléfonos de disco con el pucho de la vida apretado entre los labios, mientras que nuestros números sólo tenían cuatro esmirriados dígitos.

De Cuba no hay datos oficiales (la nomenklatura de la Isla dice que es información clasificada), pero los analistas de Kimberly calculan que está alrededor de los 0,5 kilos y concluyen: a) el cubano medio es estreñido; b) está usando el papel por ambos lados; c) da del cuerpo cada tres días por disposiciones del Comandante.

El papel higiénico acaba de celebrar, con la discreción que siempre lo ha caracterizado, su primer sesquicentenario. Lo inventó en 1859 el señor Joseph Gayetti en Nueva York, se vendía por pliegos con el nombre de “papel terapéutico” y marcó, junto con dos inventos contemporáneos, el inodoro y las cañerías subterráneas, el verdadero comienzo de la civilización. Por eso se fecha en este año el fin de “la era escatológica” de la humanidad. Los métodos usados hasta entonces para limpiar el asterisco eran tan escabrosos que no los mencionaré aquí para no ofender los ojos del lector. Piense lo más asqueroso que se le ocurra, multiplique por DAS y tendrá una idea de cómo eran las cosas antes de 1859.

En 1890, un señor de apellido Scott tuvo una idea sencilla y genial a la vez. enrolló el papel terapéutico, y fue la luz. Sin embargo, Scott nunca estuvo muy orgulloso de su inventó y siempre se opuso, hasta su muerte, a que su nombre estuviera impreso en “esa cosa”.

No he encontrado menciones del papel higiénico en la poesía. Era de esperarse, los poetas son personas delicadas, ¡pero me sorprendió no encontrar nada tampoco en las novelas ni en los periódicos, los precursores inmediatos del papel terapéutico! Tenía esperanzas de hallar algo en Luis Tejada, cronista de las cosas pequeñas, escriba del cigarrillo, los asientos, el sombrero y las corbatas, pero no encontré ni una línea sobre esta humanísima invención. He fatigado en vano los anaqueles de las bibliotecas, como diría Georgie. Nada. La única mención la hallé en un diario colombiano de la belle époque, donde leí que en el allanamiento de la casa de un capo caleño y su amada Señorita Colombia, “los baños eran de mármol rosado, la cabina de la ducha de baccarat esmerilado, la grifería de oro y el papel higiénico italiano”. También encontré una mención metafórica en una columna de Klim sobre la actuación de Colombia en unos Juegos Olímpicos: “Nuestra delegación volvió a jugar un papel verdaderamente higiénico”.

De resto, nada. Sólo silencio les ha merecido a los cronistas esa invención que nos libró de la aspereza de otros papeles, nos sacó de la inmundicia y nos inscribió con decencia en la órbita de la modernidad.

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