Opinión |5 Jun 2009 - 9:26 pm
Un puente valioso y frágil
Por: Eduardo Barajas Sandoval
El discurso de Barack Obama hacia el mundo musulmán no solo es un hecho internacional sin precedentes, sino un acto político, cultural, humano y civilizador que merece aplauso, aunque seguramente habrá quienes lo abominen.
Ya se sabe que el ejercicio del poder presidencial en los Estados Unidos, aún en épocas en las que se duda sobre la primacía norteamericana en el conjunto de la sociedad internacional, implica una serie de obligaciones relacionadas con el clima general de la política mundial. Lo que se espera de los Presidentes estadounidenses en gira por cualquier paraje del mundo es por lo general una que otra declaración en defensa estricta de la forma estadounidense de interpretar la vida y de concebir relaciones económicas o políticas entre Estados.
Las referencias al pensamiento, y al sentimiento religioso, con todo lo que ello implica, se han considerado por lo general propias de jefes de una índole particular, desprovistos aparentemente de poder político y capacidad bélica, pero que pueden llegar a rincones más profundos que los demás, en cuanto administran sentimientos e interpretaciones relacionadas con el alma de los seres humanos. Llámense sacerdotes, Papas, pastores, rabinos, gurús o ayatolás.
El hecho de que el Presidente de la nación simbólica de la cultura occidental y cristiana contemporánea se haya ocupado de reflexionar en público sobre las relaciones de su país no ya con otros Estados sino con una comunidad religiosa como la musulmana, admirada y respetada por unos, malinterpretada por muchos, desconocida por otros y temida por unos cuantos, tiene un valor particular en una época en la que el desconocimiento y el fanatismo han llevado a polarizaciones y confusiones entre lo político, lo estratégico y lo religioso, con lo cual sólo se ha hecho más complejo y peligroso el escenario mundial.
El mensaje del Presidente Obama, desde la Universidad de al-Azhar en El Cairo, uno de los templos más reconocidos de la visión islámica del mundo, no sólo demuestra un conocimiento auténtico de los valores musulmanes, sino particularmente de las enormes opciones de compatibilidad de éstos con los de las otras grandes religiones.
Al reconocer las dificultades que reemplazan hoy la coexistencia de otras épocas, al denunciar el maltrato a comunidades musulmanas tanto en el período colonial como en la Guerra Fría, al condenar los radicalismos de todos lados, al hacer un llamado a poner fin a esta situación de desconfianza y recelo que todo lo enturbia, el Presidente norteamericano estaba tratando de cerrar un capítulo para abrir una nueva página de la historia.
Cuando alguien, desde la altura política y la prestancia de un líder mundial, se atreve a hacer un llamado al mutuo conocimiento y a un respeto auténtico por las diversas formas de concebir al hombre en su dimensión espiritual, está prestando un gran servicio a la causa de la paz mundial, aunque al mismo tiempo corre todos los riesgos que han corrido siempre los campeones de la buena voluntad.
El llamado desde El Cairo tiende un puente tan valioso que, en la medida que sea transitado de buena voluntad por los líderes de ambos lados, puede contribuir al entendimiento y a todos los procesos de paz. Pero se trata de una construcción frágil, a merced de todo tipo de interpretaciones, también de ambos lados. Obama puede por ahora estar tranquilo. Ha hecho un aporte importante a la reconciliación mediante la diplomacia de la sinceridad. Conviene aprovecharlo, porque es uno de los pocos caminos por los que se podría transitar en busca de un mundo más armonioso.
-
Elespectador.com| Elespectador.com
Tags de esta nota:
- Barack Obama
- Musulmanes
Opiniones
Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión.
Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.




