Opinión |5 Jun 2009 - 9:26 pm

Álvaro Camacho Guizado

Los presidentes conferencistas

Por: Álvaro Camacho Guizado

LOS GRINGOS TIENEN UNOS HÁBItos peculiares.

El Borowitz Report publica un informe sobre las nuevas actividades del ex presidente Bush. Según éste, que se puede leer en http://www.borowitzreport.com/article.aspx?ID=7031, Bush está dispuesto a cobrar ciento cincuenta mil dólares por dar una conferencia. Sin embargo, si ésta es en inglés, cobrará un millón y medio. Según un vocero, esta diferencia se debe a que a Bush le es diez veces más difícil hablar en inglés. Esta decisión la tomó luego de un diálogo público que tuvo en Toronto con su colega Clinton. El vocero arguye que Bush no había caído en cuenta de que debía hablar en inglés, ya que el evento se había realizado en Canadá. No sé si se trata de una burla, pero luego de lo que se publicó después de que salió de la presidencia sobre sus habilidades oratorias, cualquier cosa se puede creer.

No se trata de comparar a Bush con Uribe, no faltaba más, pero sí se abre una oportunidad para especular lo que sería una conferencia de nuestro presidente una vez que salga del Palacio de Nariño, si algún día sale. Con seguridad usará un tono muy coloquial, para informar que durante su mandato sus carnitas y sus huesitos pasaron por malos momentos, pero que su obsesión por la seguridad democrática le dio valor para no ceder ante esos padecimientos. Contará que durante los años de su mandato sintió el precio de sacrificar su verdadera afición a una actividad en la que sí se consideró un experto: domar caballos finos, tomarse un par de aguardientes y recitar poesía. Y que el mayor placer sería hacerlo en El Ubérrimo, rodeado de sus buenos amigos.

Contará que guarda como uno de sus más preciados recuerdos una servilleta en la que el presidente Obama le firmó un autógrafo. Dirá que ha sido un ferviente católico y que en esta función les pidió a sus hijos que dejaran “el gustico” para cuando se casaran. O sea que tendrá que aceptar que sí se trata de un gustico, y no sólo del deber de procrear niños para mayor gloria de Dios. Y recordará que no le gusta que sus hijos se metan las manos en los bolsillos, porque esa práctica es pecaminosa: genera muchas tentaciones que los alejan de la fe católica. Mucho más pecaminosa que hacerse ricos a partir de decisiones de sus subalternos relacionadas con valorizaciones de terrenos.

Y claro que hará referencias a sus tres pilares: la seguridad democrática, la confianza inversionista y la cohesión social. Dirá que con la primera redujo a “la Far” a su mínima expresión, así para ello algunos de sus subalternos tuvieran que aliarse con unos mal llamados paramilitares y cometer pecadillos como los también mal llamados falsos positivos. Sobre la confianza inversionista contará orgulloso cómo hizo lo posible para garantizarles a los dueños de los grandes capitales la exoneración de impuestos, y les permitió gozar del usufructo de la propiedad que antes perteneció a unos campesinos que hoy se ganan la vida en los semáforos de las ciudades. Y ese oficio representa, dirá, una evidencia de una buena cohesión social: los dueños de lujosos vehículos demostrarán su filantropía comprándoles unas chocolatinas o dándoles una limosna.

Lo que también hay que esperar es que las conferencias las escriba él, y no su asesor intelectual y doctrinario: es preferible el estilo llano propio y coloquial al alarde de erudición y la maledicencia del otro.

 

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