Opinión| 24 Jun 2009 - 11:44 pm
Del asco y la repugnancia
Por: Klaus Ziegler
Si nos preguntaran por qué no comemos cucarachas o moscas, contestaríamos que son insectos asquerosos, que viven en las basuras, viajan por las alcantarillas y se posan en los cadáveres. Pero la verdad es que tampoco comeríamos termitas, ni abejas, aunque sabemos que se alimentan de madera y miel; tampoco gusanos, a pesar de que algunas especies, como el gusano gigante de agua, pueden llegar a tener un delicioso sabor.
Igual que la risa o el llanto, el asco es una característica exclusivamente humana. Los animales, ante los alimentos no deseados, los huelen, y si no son atractivos, los dejan a un lado. Los humanos, en presencia de algo repulsivo, nos apartamos de inmediato, arrugamos la nariz, levantamos el labio superior y sacamos la lengua ligeramente de la boca como si quisiéramos expulsar la sustancia ofensiva.
El asco puede manifestarse en distintos grados y formas y mostrar características que resultan difíciles de explicar. Curiosamente, no aparece hasta los cinco años de edad: los niños pequeños son capaces de meterse en la boca lombrices y excrementos sin mostrar ninguna aversión. No sentimos asco de la propia saliva mientras esté en la boca, pero somos incapaces de tomarnos un plato de sopa en el que hayamos escupido, o tomar agua en una bacinilla sin usar. Nadie siente asco de usar un cuchillo para partir un huevo cocido, pero pocos lo harían con un peine nuevo.
No se sabe qué función evolutiva cumple el asco, aunque hay razones para pensar que apareció como reacción contra sustancias tóxicas e infecciones. A diferencia de la mayoría de carnívoros, que poseen estómagos ácidos, el hombre tiene pocas defensas digestivas, y esto lo hace vulnerable a toxinas y bacterias que se encuentran en la carroña, y con frecuencia en las vísceras, fluidos y desechos corporales. Por eso la carne podrida, las heces, el vómito, la flema o el pus producen rechazo.
Cuentan que en una de sus visitas a Brasil, el antropólogo americano Napoleón Chagnon, cansado de que algunos yanomami saquearan sus provisiones de mantequilla de maní y salchichas, aprovechó un día en que la comunidad se encontraba reunida para explicarles que los excrementos de vaca y los penes de toro, animales desconocidos para estos indígenas, eran delicias gastronómicas en su país, con lo cual logró que cesaran los hurtos.
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Klaus Ziegler
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