Por: Juan Gabriel Vásquez

Está bien: hablemos de la muerte del libro

EL OTRO DÍA TUVE LA ENÉSIMA discusión que he tenido, en estos tiempos de E-books y Readers, sobre la muerte del libro, y la verdad es que el asunto ya comienza a cansarme.

Como tantos otros debates tanatológicos (la muerte de la novela, la muerte de la ópera, la muerte de la pintura figurativa), éste tiene un vicio que lo condena desde el comienzo: las dos partes están hablando de cosas distintas. Cuando alguien sostiene que la maravillosa invención del libro electrónico traerá el fin del libro en papel, no está pensando en el mismo libro en papel que tiene en mente un lector de literatura cuando sostiene lo contrario. La razón es simple: no lo usan para las mismas cosas.

Sí, sí: ya sé que el libro electrónico tiene sus ventajas. Ya sé que los tomos del diccionario de Rufino José Cuervo, que en mi biblioteca ocupan más de un metro de estantería, cabrán en uno solo de esos libritos; ya sé que un editor que tiene que revisar tres o cuatro manuscritos en un fin de semana se llevará un E-book a la casa, en lugar de 1.200 páginas encuadernadas. Pero los entusiastas de la muerte del libro parecen empeñados no en traernos estas pruebas fáciles, sino en probar que también Crimen y castigo y Austerlitz serán mejor leídos en las pantallas asépticas del nuevo bebé informático. Es como si la literatura se hubiera vuelto la enemiga número uno de esta secta tecnológica: no descansarán hasta que la última novela en papel haya desaparecido de la faz de la Tierra. Eso, nos dicen, es el progreso.

Y el tema es que el libro no puede progresar: como la rueda o la pala, tiene el mal gusto de ser perfecto. Hay cosas que han cambiado, como las técnicas de impresión y la manera en que se cose el lomo, pero en esencia el último libro publicado ayer no es diferente de la Biblia aquella del viejo Gutenberg. Esto, claro, tiene una consecuencia importante: el libro es duradero. Hoy podemos leer esa Biblia, y eso, para los fabricantes de libros electrónicos, es terrible: es lo contrario del negocio. Su producto tiene que ser reemplazable dos años después por uno mejor, una nueva generación; tiene que ser susceptible de dañarse (si le entra agua o arena, si alguien le pone encima algo pesado); tiene que caducar. El libro en papel, ese aguafiestas, no caduca. No se daña. Apenas si se desgasta.

Pero no es cuestión de romanticismos o nostalgias. Para mí no hay nada tan práctico como la utilidad de mis notas en tres colores: cada color me sirve para un proyecto distinto. El tipo de papel y de letra me hablan del gusto del editor, que habla de la calidad del libro. Luego hay cosas más indemostrables, sí: los lectores de literatura, por ejemplo, se relacionan con el grosor de una novela de maneras particulares. Comprobar con las manos y los ojos que la escena más importante de una novela ocurre a la mitad, o que un motivo que encontramos cuando hemos leído una cuarta parte se corresponde con otro que hay cuando nos falta una cuarta parte para el final, nos dan informaciones acerca del libro que un lector de textos técnicos no entiende muy bien. Nos dan idea de su forma y su arquitectura, y el solo hecho de que una novela tenga arquitectura y forma despierta desconfianza en quienes no leen novelas.

Que suelen ser los que fabrican los libros electrónicos.

Es que así es muy difícil.

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