Las Farc dejan todas sus armas

hace 3 horas
Por: Alfredo Molano Bravo

El huevo de Uribe

VARGAS LLERAS, A QUIEN EL URIBISmo de pedigrí no tardará en tratar de judas, se bajó del bus. Intuye que a su jefe no le irá bien porque la ola de inconformidad y desencanto crece.

Juan Manuel Santos calla en su rincón dorado; aparentemente espera, pero en realidad siembra cizaña entre los militares y entre la aristocracia bogotana. Nohemí está furiosa, no quiere ni recibir el cheque de su salario. Rodrigo Rivera, más baboso que siempre, se descuelga de ladito calculando el porsiacaso. Uribito no tardará en hacer lo mismo pero no le irá igual porque si su patrón desaparece, él desaparece. Es una sombrita. Más antipática por lo copietas. Uribe dominará todo, menos su ambición política y la de sus rivales. Todos saltan al ruedo porque sienten que al Gobierno se le acaba la gasolina. Darío Arismendi anda cada vez más crítico y a Julito no le queda más remedio que dejar hablar más a Félix si no quiere que parte de su audiencia se le fugue. Los síntomas coinciden. Los economistas independientes —Sarmiento, Hommes, Gaviria— han prendido varias veces las alarmas. La Iglesia está descontenta, percibe el peligro del tercer mandato. Los obispos están inquietos. La economía no se repone.

El jefe de Planeación Nacional, a quien el Ministro de Hacienda casi no deja hablar, dice no saber dónde estamos, si vamos de para arriba o de para abajo. En Canadá le fue a Uribe como a los perros en misa y en Washington probablemente le vaya igual. Uribe no parece ser de los afectos de Obama; el Relator Especial de las Naciones Unidas para las ejecuciones arbitrarias afirma que los asesinatos de jóvenes en Soacha no son sino la punta del iceberg y que la cantidad de casos similares, “su repartición geográfica y la diversidad de unidades militares implicadas, indican que estos fueron llevados a cabo de una manera más o menos sistemática, por una cantidad significativa de elementos dentro del Ejército”. La gente está sintiendo el peso de la crisis, pese a la coca que seguimos exportando y a las inversiones billonarias que se están haciendo en minería una vez que las patentes de corso que autoriza el nuevo código minero se han comenzado a repartir a dos manos. Porque estas últimas son con ventaja las “inversiones extranjeras” que justifican, según Uribe, la seguridad democrática. El oro, el carbón, el petróleo, el níquel, están siendo entregados a las transnacionales, con todas las garantías posibles e imposibles —remesas limpias, suspensión de impuestos, tropas a su servicio, paramilitares a discreción— y en la cantidad que estimen ellas. Se pasan y pasarán por la faja normas ambientales y derechos sociales. Para mantener su cruzada de sangre, el Gobierno atiza el fantasma del terrorismo.

Se acusa a políticos, periodistas, sindicalistas y profesores de subversión. Indígenas y campesinos siguen apareciendo asesinados. En la medida en que el desprestigio de Uribe crezca, se harán más frecuentes las bombas, los atentados, el descubrimiento de arsenales y los ataques a la Honorable Corte Suprema de Justicia, a sus magistrados, a sus fallos, aumentarán. Todo para mantener un estado de cosas favorable a un tercer mandato, que se le está desmoronando en las manos. Dirán que pienso con el deseo. Así es. Y así piensan cada vez más ciudadanos: es uno de los síntomas que se producen en los regímenes autocráticos.

El jueves pasado una niña le dio al presidente un huevo y, para que no quedara duda, le dijo con tono categórico: Usted, señor presidente, tiene huevo; la democracia colombiana tiene huevo. Uribe no atinó, esta vez a revirar, quedó súpito. Trató de darle por lo menos la mano para que El Tiempo registrara la foto de reconciliación. Pero la pelada lo miró como mirando una cucaracha y se negó a responder la habilidosa reacción del Presidente, mientras la Policía la sacaba del escenario.

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